México comienza con un nuevo gobierno una etapa más en su historia. El futuro inmediato será un espacio oportuno para iniciar cambios necesarios, pero también para continuar responsablemente las medidas que han impactado de manera positiva en la vida de los mexicanos. Nuestro País debe reconocer y profundizar los beneficios sociales de la estabilidad de las finanzas públicas, la apertura económica al mundo y el fortalecimiento de mercados competitivos en todos los sectores.

Sin duda tenemos grandes retos que superar. Los mexicanos debemos trabajar para abatir la pobreza y cerrar las brechas de desigualdad que nos separan; enfrentamos la necesidad inaplazable de combatir la inseguridad y poner un alto a los niveles récord de violencia en el País; tenemos que garantizar seguridad social, educación y acceso universal a la salud para todos. La estabilidad es la mejor base para alcanzar estos logros.

Sólo una economía sólida puede atraer inversiones, generar empleos bien remunerados y liberar recursos para garantizar una red de atención en materia de salud y educación. En los últimos 36 años, la escolaridad en México se duplicó al pasar de menos de 5 a casi 10 años en promedio (antes la mayoría de los mexicanos no terminaba la primaria; ahora, tiene más que la secundaria completa). La salud también tuvo grandes avances: hoy la esperanza de vida es casi 10 años mayor: pasó de menos de 68 años en 1983 a más de 77 años en 2017.

La apertura de nuestra economía al resto del mundo, además, nos ha convertido en una potencia manufacturera que genera mejores empleos. Más de uno de cada cinco puestos de trabajo en el País está vinculado al comercio internacional y en las manufacturas de exportación los salarios son en promedio 37 por ciento más altos. En los cinco estados que más exportan, la población en pobreza se redujo casi 20 por ciento en los últimos seis años; mientras que en las cinco entidades que menos exportan, este número creció 5 por ciento.

En los últimos años, finanzas públicas sanas y una política monetaria efectiva mantuvieron bajos niveles de inflación que permitieron que el PIB per cápita en el País se elevara en más de cuatro veces, al pasar de 2 mil dólares en 1983 a 8 mil 900 dólares en 2017. Si bien debemos acelerar el paso, los mexicanos de hoy tenemos un mayor ingreso que en el pasado.

También la desigualdad –medida con el índice de Gini– se redujo desde el inicio de los años ochenta. Pero los niveles alcanzados aún son inaceptables, tenemos que abrir nuevas y equitativas oportunidades de desarrollo. Por eso es fundamental que se aliente la competencia en los mercados, que se reduzcan los costos regulatorios y se fomente la libertad de empresa y la incorporación de las Pymes a las cadenas globales de valor.

Debemos garantizar que cualquier mexicano, sin importar su condición socioeconómica, pueda construir un mejor futuro sobre la base del esfuerzo. Para lograrlo –como lo ha demostrado la historia en México y el resto del mundo– no hay mejor vía que apostar por la libertad de los individuos y los mercados.