Una experiencia especialmente agradable de la infancia se repite cada año de manera tan íntima y personal que pasa desapercibida. El nerviosismo de las prisas, las colas en las papelerías, lo limitado del presupuesto, la “violenta” transición del dulce fare niente vacacional (la dulzura de no hacer nada) a los horarios inaplazable de la escuela, todo esto impide disfrutar la ilusión infantil de volver al salón de un grado superior, la expectativa del genio y sonrisa de la nueva maestra(o), el olor a “nuevo” de los cuadernos, lápices y colores; y sobre todo, el elixir secreto que mantiene las dosis inesperadas de alegría humana, el “encuentro” personal con los amigos y compañeros de las veredas escolares por las que ya han caminado, compartiendo miedos y sorpresas, descubrimientos audaces, experiencias imborrables, aventuras inesperadas.

Este “encuentro” de la amistad está silencioso y expectante en el corazón de cada alumno, es el soporte ante el nuevo ciclo, el vínculo que rescata al discípulo de la incomprensión de los adultos-padres-maestros, la mirada y la complicidad que lo libera de la soledad y de la marginación. Son personas como él que comparten con risas los errores, los sueños prohibidos, los anhelos irreales, el entusiasmo por los charcos y las carreras, los perros y las caricaturas, el atractivo de las travesuras heroicas y los heroísmos traviesos. Son personas como ellos que se ríen de lo mismo, se asustan de lo desconocido, se contentan con lo inmediato y protestan ante el dominio irracional, la rigidez de las reglas y las frases incomprensibles de “así debe ser”, “te callas” o “ya lo entenderás cuando seas grande”.

El lunes próximo se van a “encontrar” de nuevo 35 millones de escolares. Lo sorprendente no es la cantidad millonaria sino la maravilla imperceptible de la calidad tan humana del “encuentro”.

Es muy cierto que el proceso educativo actual padece muy serios problemas:

1. Contenidos confusos, memoristas, obsoletos, estériles para la vida futura, anacrónicos y tan distantes de la realidad que van a enfrentar esos 35 millones, que parecen conocimientos para vivir en el siglo pasado o en algún planeta mal diseñado.

2. Procesos triviales e intrascendentes que se cultivan con un afán político o ideológico en lugar de cultivar los procesos de pensar, discriminar lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo científico de lo mágico, de elegir y responsabilizarse de las consecuencias, de discutir con tolerancia y dialogar con el afán de comprender al otro.

3. Ideales superfluos y vacíos de valores verdaderamente significativos, de metas a largo plazo, de pasión por ser, aprender y trascender.

4. Relaciones competitivas y violentas que cultivan la apariencia, la imagen y el privilegio de casta-apellido-dinero y despersonalizan el trabajo, la dignidad del esfuerzo, la solidaridad equitativa y democrática, la lealtad y el compromiso con la familia, la comunidad y la Patria.

Todos estos huecos no diluyen la riqueza imprescindible de la escuela: una comunidad (ojo, que no digo un lugar) donde la experiencia de ser humano encuentra las condiciones que aceleran la evolución de su persona. El Ser humano no es un organismo que se nutre solamente con proteínas o con disciplinas deportivas o con la acumulación mecánica de conocimientos, es un proceso de aprender a “ser humano”, un proceso evolutivo individual y comunitario que exige muchos años y que se va construyendo con las experiencias personales y cotidianas, pero principalmente con los “encuentros personales” que le nutren su “ser humano”.

El próximo lunes será un envidiable día de fiesta: se reinicia la evolución de los niños gracias al misterio del encuentro personal sin barreras, sin caretas, sin apariencias… es el encuentro con los “cuates”.