Carencia entonada con ese afán de bregar de sol a sol, que más que voluntario es necesario. La situación de millones de pobres en el País se acerca más a la justificación que a la acción, a la controversia más que a la vía necesaria para su integración en la agenda nacional.

El papel de la pobreza en la patria se está convirtiendo en tradición, en visión cotidiana. El tema se aborda ya no con vergüenza de la incapacidad de sus administradores, sino con un dejo romántico de sus protagonistas, como si exhibirlos en un aparador social y dotarlos de una vía de expresión cultural fuera la solución a sus ancestrales carencias.

La dinámica social del Siglo 20 tuvo el mérito de integrar y dar oportunidad a todos los protagonistas sociales para que a través de la educación pudieran adoptar un nuevo papel de desarrollo individual, luego familiar y grupal.

Entonces la pobreza empezó a cambiar de cara y también de síntomas. Su estrato se amplió porque su clasificación no fue derivada de su análisis tradicional, en el sentido de que era pobre el que carecía de bienes para sostenerse o desarrollarse.

El fenómeno social de la distribución de la riqueza y la estratificación en nuestro País fue víctima de un espejismo muy engañoso, que referenció un posible desarrollo económico basado en que día con día era más común que la generalidad de la gente contara con bienes de consumo en su casa, aparatos electrónicos sofisticados, otros más tradicionales como televisores, modulares, refrigerador y videos; bienes que antaño no era común ver en muchos hogares mexicanos. Basados en ello y en que algunos de los miembros de las familias consideradas laboraban en alguna fábrica con trabajos “estables”, derivados en la antigüedad que tenían en las mismas, los números de los analistas presentaban cifras más amables tratándose de las clasificaciones de la pobreza nacional.

En realidad el primer problema de la pobreza surgió en su “nueva clasificación”; basándose en que el pobre es el carente de bienes se maquilló su realidad.

Actualmente es reflejada en los fenómenos sociales de la marginalidad y la informalidad, es decir, es pobre quien no puede acceder a servicios continuos, no se puede integrar a la sociedad y además no tiene una fuente formal o estable de ingresos económicos.

Es en realidad un estado social que se puede analizar en el sentido de que el pobre se aleja del acceso a los bienes y servicios provistos por el Estado o por el mercado para instalarse en un espacio social, la mayoría de las veces ilegal, que le provee las mínimas condiciones para satisfacerlo.

La dualidad inclusión-exclusión constituye la fórmula de la pobreza, el combate a esta no debe generarse en procurar bienes, despensas y desayunos a los que no tienen, sino de terminar con la exclusión y la marginalidad a través de instrumentos que canalicen sus carencias de ocupación, acceso y sociabilidad.

La pobreza suele formar una masa grande y absorbente que nunca se repliega, simplemente avanza por entre las cañerías de la injusticia citadina y campirana, no se detiene a pensar, sólo sobrevive y converge con todos nosotros que pasamos a su lado y la vemos como quien observa a un muerto ajeno.

Sociedad dentro de otra que se automargina y pretende crear sus propias reglas cuidadas por la antigua lideresa o el agitador, que lo mismo abusa que margina.

El contraste es la realidad de que el sector informal en México rebasa en décimas el 29 por ciento de la actividad económica del País y, lo peor, es que los síntomas en esta “cuarta transformación” siguen abonando a la cuenta.

El fin de la cigarra nos espera de no reaccionar con soluciones y métodos con efectos y con mejores maneras, mismas que no tienen para cuándo.