Como todo mundo sabe, el Dr. Carlos Manuel Urzúa Macías renunció a su cargo como secretario de Hacienda y Crédito Público. Su carta de renuncia, dirigida al Presidente fue dura. Más duras fueron sus declaraciones a la revista Proceso. Urzúa, el personaje que daba confianza a los que saben de asuntos fiscales y financieros, renunció estrepitosamente llevándose consigo una buena carga de sentido común en medio del ruido insustancial que suele caracterizar a todo gobierno de corte populista.

Urzúa hizo señalamientos claros, precisos. Acusó a Alfonso Romo de moverse en un estado permanente de conflicto potencial de intereses, de un lado el empresario próspero y del otro el Jefe de la Oficina de la Presidencia de República.

Con una mano, el empresario Romo continúa con sus actividades empresariales; y con la otra mano consigue imponer a la jefa del Servicio de Administración Tributaria o al director General de la banca de desarrollo. ¿Qué competidor de Romo esperaría ser atendido en igualdad de condiciones? ¿Quién podría acceder a la información que dispone Romo para tomar decisiones en su cachucha privada? ¿Podrá Romo vencer la tentación de valerse de su cargo y de la información privilegiada para obtener beneficios? Los duros cuestionamientos no proceden de la oposición, no los hago yo; los formula quien fuera secretario de Hacienda del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Urzúa sostiene que el Gobierno ha tomado decisiones sin sustento, sin evidencia, por gusto y voluntarismo del Presidente. Hagamos de cuenta que alguien quiere comprar determinado bien, sencillamente porque le nace, porque le hace sentirse bien, sin importar si dispone de los recursos necesarios, quién sea responsable de la compra o quién sea el vendedor; tampoco importa que existan ciertas reglas en su familia, la única regla vigente es muy sencilla: lo que diga el jefe de familia, todo lo demás es lo de menos.

Urzúa señala que existen funcionarios sin los conocimientos necesarios para desempeñar los cargos que ocupan. En la entrevista de Proceso puntualizó su desacuerdo con los planes para Pemex, en especial la refinería de Dos Bocas, que al parecer será un barril sin fondo. Ninguna empresa particular quiso entrarle al toro. Pemex será responsable de su construcción, empleará recursos que pudieron destinarse a la extracción de petróleo para obtener ingresos a corto plazo. Dos Bocas será un gasto permanente, imparable. 

El sexenio se irá en obras faraónicas que difícilmente se terminarán, diga lo que diga el ganso, cansado o no.

Dice Urzúa que los números, simple y sencillamente, no cuadran. No pueden acapararse sumas enormes para grandes obras que no han empezado a construirse, destinar miles de millones de pesos a gasto social, someter a la administración pública federal a una austeridad que ni las derechas más radicales practican actualmente y no subir los impuestos para no incomodar a los que más tienen. 

El presupuesto es como una sábana, si jalas de un lado, descubres el otro.

Debemos añadir a lo anterior el tortuguismo en el ejercicio del gasto, sin otro propósito que tratar de controlar en pocas manos lo que debe controlarse con procesos institucionales y con el auxilio de la tecnología moderna. México, país y administración pública federal, no son un Estado, hasta la Ciudad de México le queda chica en comparación. Urzúa, el viejo amigo de López Obrador, trató de explicar esto al Presidente, pero a éste no le gustó la explicación y, molesto, lo acusó de ser neoliberal, la salida más común cuando no existen argumentos.

Si lo anterior es cierto, ¿por qué sigue de pie el País? ¿Por qué no acaba de derrumbarse la economía nacional?

Un conocedor de estos asuntos me explica que no tienen mucho que ver con México, ni con las acciones del Gobierno, me dice que en primer lugar está la oportuna guerra comercial entre Estados Unidos y China, en buena hora llegó este pleito, porque tanto China como EU, mientras el pleito dura, ubican a México como destino de sus inversiones.

Después coloca las altas tasas de interés vigentes en México, que contrastan con las muy bajas que rigen en otras latitudes. Estos hechos no benefician al mexicano común, pero son un incentivo para el inversionista especulativo que busca mayores rendimientos por su dinero. Por último, señala las reservas de Banco de México: 178 mil millones de dólares siguen dando respiro e impulso a la economía nacional. 

Si bien esos tres factores ayudan, lo cierto es que los dos primeros pueden cambiar en cualquier momento, el gobierno mexicano no tiene control sobre ellos. El huracán Urzúa pasó de largo y todo pareció regresar a la normalidad, ahora corresponde esperar y desear que las medias tintas del estancamiento prevalezcan sobre el retroceso. Crecer se antoja complicado.


@chuyramirezr 
Jesús Ramírez Rangel
Rebasando por la Derecha