El poeta saltillense Otilio González. Foto: Especial.
A un lustro de la muerte de José Emilio Pacheco es pertinente recordar que –al igual que Pessoa– el polígrafo mexicano inventó también varios heterónimos: entre ellos uno nativo de la capital coahuilense. 


Vidas imaginarias

Caso paradigmático en este tema de los heterónimos fue el de Fernando Pessoa, quien según sus biógrafos llegó a acumular más de 70 alias, muchos de ellos creados desde la más temprana infancia: Luis Antonio Congo, Adolph Moscow, Gabriel Keene, Nympha Negra, Lucas Merrick, o los más populares y prolíficos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos.

En No me preguntes cómo pasa el tiempo, libro escrito entre 1964 y 1968, el poeta y agudo crítico de la cultura mexicana incluyó un “Cancionero apócrifo”, en el cual presenta por primera vez a su heterónimo más conocido: Julián Hernández. Traductor él mismo del inmenso Marcel Schwob y varios relatos de las Vidas imaginarias, el autor de “Irás y no volverás” insufló una vida anclada en lo real para su poeta soñado:

“Julián Hernández (1893-1955) Nació en Saltillo, Coahuila, hijo de padre español y madre norteamericana. A los veinte años se incorporó al Ejército Constitucionalista. Hizo campaña de Occidente a las órdenes de Álvaro Obregón. Ascendido a coronel, participó en las grandes batallas del Bajío (1915). En Trinidad, durante una carga de la caballería villista, recibió cuatro heridas: perdió un ojo y el movimiento del brazo izquierdo. Terminó la carrera de abogado que ejerció en la ciudad de México hasta el año de su muerte. Cónsul en Londres (1929), fue separado del cargo por su dipsomanía. Su mal carácter lo enemistó con todos los grupos y generaciones literarias. De su arbitrariedad y resentimiento queda testimonio en los artículos aparecidos en El Universal de 1932 a 1954. Póstumamente se ha dado a conocer parte de su vasta producción inédita: El cuaderno negro (1980), Por los jardines que el silencio baña (Monterrey, 1922) y Legítima defensa (Impresora Juan Pablos, 1952) Como era de esperarse, los epigramas de Legítima defensa no fueron mencionados en ninguna parte. Sin embargo, tienen el valor y el interés de no parecerse a nada de lo que entonces se escribía en México. Intentan y a veces logran expresar poéticamente la amargura sarcástica de un perpetuo excluido que contempla la vida literaria, y la existencia toda, con quebrantada y a la postre estéril ironía.”

José Emilio Pacheco en 1989, foto de Rogelio Cuéllar. Foto: Especial.

La sombra del caudillo
Conocedor de primera mano de las turbulencias posrevolucionarias (en su infancia su casa paterna era visitada por personajes como Vasconcelos, Martín Luis Guzmán o Julio Torri) como eje de este lazo con Saltillo quiero aventurar una hipótesis: la figura del malhadado poeta saltillense Otilio González, asesinado junto a la comitiva del general Francisco Serrano el 3 de octubre de 1927, candidato presidencial y opositor a la dupla Obregón-Elías Calles ¿Qué tan cercano era el vínculo de Pacheco con este oscuro episodio de la vida política mexicana? El mismo poeta lo contó en diversas ocasiones: su padre, el ex combatiente y luego notario José María Pacheco fue el representante civil encargado de recibir los cuerpos tras aquella ejecución ilegal, y que siendo presionado por sus superiores, incluso amenazado de “ser fusilado también” para que avalara la legalidad de un falso fusilamiento y un juicio sumario que no existió, (las víctimas fueron amarradas con alambre y acribillados en el monte, a 40 minutos de Cuernavaca) se negó a formar parte de dicha infamia, siendo entonces separado de su puesto. Así, Pacheco supo desde niño de las terribles circunstancias que vinculaban en nuestro país la vida política y la intelectual. No es casual que ya de adulto escribiera también una ucronía donde un López Velarde sobreviviente a su muerte de 1921, cristero y exiliado en Estados Unidos, se torna un inflamado opositor a una distópica dictadura de un longevo tirano llamado Álvaro Obregón. 

 

La escuela del resentimiento
Así, creo que Pacheco subvierte la trágica figura de Otilio González (modelo también de su contemporáneo Martín Luis Guzmán para el Axkaná González de La sombra del Caudillo) convirtiéndolo en un partidario de Obregón –manco e irascible también como Díaz Mirón- y también en una especie de arquetipo del fracaso vital como destino de miles que en la provincia soñaron con la gloria literaria y sólo pudieron conformarse con las migajas de la periferia política o la más gris burocracia, algo que ya otro de la misma gris estirpe –Aguilar Camín en La Guerra de Galio– resumió magistralmente: “juventud deslumbrante, madurez negociada, vejez aborrecible…”
Nos queda así del imaginario poeta saltillense una visión amarga del ejercicio literario, un horizonte pesimista de la nimiedad de lo humano ante lo eterno: “Escribe lo que quieras / Di lo que se te antoje. / De todas maneras vas a ser condenado.” (Arte poética II)
O la enemistad tan encarnizada –tan violenta- surgida de los desencuentros generacionales, personales, artísticos, banales o políticos:

“¿Pensaste alguna vez en tu enemigo, en el que no conoces pero odia cuanto escribe tu mano? ¿Pensaste en ese joven de provincias que daría la vida por tu muerte?”


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