La crítica. Autorretrato de Julio Ruelas. 1906. Foto: Especial.
Despistados promotores. Esquivos autores. Agraviados pintores. Borrosos funcionarios. De forma sesgada o indirecta. Entre líneas, en posts o a través de correveidiles. Me han reclamado y yo les digo esto:

Si se le pide a la crítica que “se aleje de su lenguaje rimbombante”, es decir, que se abstenga de desplegar los medios con los que elabora y performa el propio pensamiento, se le estaría pidiendo entonces que limite su marco referencial y de contexto: se le pide a la crítica que sea simplona, boba, o que mejor guarde silencio.
Se le sugiere además, que sea cómplice de la simulación, pasalona, obsequiosa y condescienda. Que actúe callada y aquiesciente, como un mayordomo. Que no cuestione, que no grite, que no irrumpa. Si rechaza o desautoriza: “agrede”,  si cuestiona, “descalifica”. A su intensidad se le tilda de “rabia”. Se le pide calmosidad,  simpática mesura.
Y amén de todo esto, se le exige además que “se acerque al lenguaje del pueblo”, pero ¿Cómo vendría siendo este lenguaje? ¿Quién lo encarna o lo designa? ¿Qué es “el pueblo”?
Se le demanda -desde una falsa convención y prejuicio infundado- que “abandone su comodidad de escritorio”, su “apoltronamiento”, como si el crítico viviera perpetuamente culiatornillado a una silla giratoria, en una suerte de inmovilidad estéril, cuando toda enunciación desde ella es más bien un movimiento perpetuo: ires y venires, tanteos; acucioso lector y re lector, el crítico muere por ser el espectador más avezado, el dialogante más fervoroso. Porque más que criticar, lo que quiere es iniciar-detonar una conversación.

 

Deconstruyendo

 Se le pide al crítico que su visión o reseña sea aparte “constructiva”, cuando la razón de ser de toda crítica es deconstruir, elaborar, expandir, señalar, orientar, desgranar, separar, enmarcar; es decir: construir.
En un medio en riesgo de instituciones sordas o autárquicas, de individualidades artísticas acríticas  y/o acomodaticias, la crítica es más que necesaria: urgente.
No por nada, Eliot, Nabokov, Baudelaire o Wilde vieron en ella una suerte de expansión de la actividad artística. Porque ella se deriva del concepto de “crisis”, y a su vez de ahí se desprende la idea de una facultad escasa, prostituida, silenciada o malversada en estos tiempos: el criterio.
Insisto: la crítica implica poner a prueba, buscar y ensanchar los límites: medir, tasar, destazar, ingresar; es decir: conocer a fondo una obra, producto o fenómeno artístico.
“Pero, es que cualquiera puede ser crítico”, dicen.
Sí. Cualquiera que no tema poner por delante su sensibilidad, ejercitar su inteligencia, desplegar o ampliar sus referencias teóricas –cuestionándolas al mismo tiempo- mientras investiga, indaga, compara, curiosea; pero sobre todo, aquel que tenga el valor de enunciar. El coraje de decir.
“Es que es muy fácil esconderse detrás de un texto”, revirará el lector más lento, el creador más agraviado. Al contrario, nadie como el crítico se muestra en sus lecturas, referencias, rechazos o afinidades. Cuando suscribe por escrito en forma de opinión la propagación de su más íntima subjetividad, en un acto de irresponsable valentía: el crítico dice lo que piensa.
Y aún en un medio como el Coahuila contemporáneo, el crítico aspira a encarnar y vivir aquella idea propugnada por Kant:
“Una libertad ejercida como el uso público de la razón”.

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