Ella buscaba, de cuclillas entre las piedras en la orilla del océano.  “¡Mamá, mira, son muchos!”  Entre las rocas estaban los cangrejos ermitaños.  No como nos imaginamos, cargando una concha muy visible, sino diminutos, apenas perceptibles.  Me acerqué a verlos y también vi caracoles metidos en huecos en las rocas, afianzados fuertemente (confieso que hicimos el intento de tomarlos para mirarlos por fuera y por dentro).  Era fácil levantar a los cangrejitos y verlos refugiarse muy adentro de conchitas pequeñas, casi todas iguales.  

Estando allí, así, me cautivó un esqueleto de algún tipo de coral.  Era mucho más grande que los cangrejos y los caracoles, pero difícil de distinguir en la arena.  Recogí un pedazo, y otro.  Hermoso hallazgo que usaré para hacer alguna “obra de arte”.  Si no hubiera estado así, con la mirada en lo pequeño, no hubiera encontrado los restos frágiles que ahora cargo con cuidado de regreso a casa.

Al enderezarme ajusté la vista para incluir el panorama más grande.  Playa, mar, horizonte, cielo, sol, nubes.  Tenemos opciones de miradas en la vida.  Hay enfoques hipermétropes que ven más claramente a la distancia y en panorama amplia, y otros miopes, viendo en detalle y de cerca.  No hay error en ninguno de los dos casos, ni en cualquier punto medio en realidad.  En cualquier situación de vida, tenemos la opción, a pesar de nuestras preferencias, de mirar el panorama grande, o el detalle.  Solo es decidir si deseamos examinar cangrejitos o el mar entero.