La palmera extiende su abanico de púas y salpica la monotonía del horizonte.

El ciprés se dispara hasta clavarse en el vellón de una nube fugitiva.

La ciudad es testigo del coloquio amoroso de palmas y cipreses. Es voz de viento. Acá tiene acentos de sierra que rebana ventiscas. Allá se hace rítmico  un zarandeo majestuoso de cumbre, asentado en firme tronco escondido, con anclaje en profunda raigambre subterránea.

La palmera es mundana y pizpireta. Con inquieta vestimenta esmeraldina, 16 siempre estremecida y vibrante. El ciprés es ascético, con atuendo de solemnidad y señala rumbos de ascensión.

Las palmeras, desplegadas y puntiagudas, lucen un talle vertical, largo y flexible. Cuelgan, como racimos herrumbrosos, las viejas hojas bronceadas de tiempo y de fatiga. Es un collar de recuerdos. Es la memoria suspendida de lucimientos vanidosos y frenéticas danzas de un ayer ya lejano.

El ciprés es geométrico. Su crecimiento ha sido disciplina y victoria sobre la atracción gravitacional. Su oscuro follaje, albergue vespertino de pájaros errantes, conserva la alineación exacta en la incesante ascensión.  En competencia de subida audaz, saluda a las palmeras desde la altura que las rebasó. 

La alegría  de la palma enamora al ciprés taciturno. En algunos atardeceres en que el viento sopla, las copas de los cipreses  son vértices oscilantes que roban las miradas de las palmas juguetonas y ellas lanzan sonrisas de jade hasta el fúnebre follaje que olvidó el cementerio para crecer en la avenida o al borde del bulevar. 

           Ha escogido la civilización de la competencia la aristocracia de la palma para coronar victorias y ha apartado al ciprés para fomentar esperanzas y consolar melancolías en tierras de resurrección.

           Este binomio vegetal, contrastante y embellecedor de rutas urbanas, es el paisaje doméstico  y la compañía silenciosa de los ires y venires en las calles saltillenses. La epopeya existencial y el idilio de la fe entablan, con lenguaje vegetal, una relación de amor no impedido por distancias que no llegan a ser lejanías.

           La palma de la transitoria gloria humana busca atarse al ímpetu ascensional del ciprés.  Ungido de esperanza, el ciprés persigue esa otra gloria prometida que es plenitud de alegría en el perfecto amor…