ALEJANDRO MEDINA
Vivir en un país con inconsistencias no es fácil, ni tampoco es fácil enseñar a quienes van dejando su niñez y entrando a su adolescencia el complejo mundo de la realidad mexicana

Los mexicanos del promedio hemos sido víctimas de inconsistencias del sistema político, de seguridad, comercial y de salud.

Vivir en un país con inconsistencias no es fácil, ni tampoco es fácil enseñar a quienes van dejando su niñez y entrando a su adolescencia el complejo mundo de la realidad mexicana. Hijos y nietos se van dando cuenta del estado de cosas del país donde nacieron en el que todavía la frase “el que no tranza, no avanza” sigue siendo un paradigma de vida.

El 17 de febrero tomaría en Los Mochis, Sinaloa, un vuelo cerca de las tres de la tarde de la aerolínea Volaris que me llevaría a la Ciudad de México. A última hora el vuelo se canceló y yo tenía, sí o sí, que estar al día siguiente por la mañana en unas reuniones en Puebla. Además de la sensación de impotencia ante el hecho de la cancelación en el que los clientes no podemos defendernos, buscar alternativas de vuelos me hizo trasladarme por tierra durante horas a Hermosillo, Sonora, con la fortuna de encontrar un vuelo hacia la capital. ¿Cuántas veces más tenemos los usuarios que tolerar la falta de seriedad de aerolíneas o de prestadores de servicios?

En el trayecto de Los Mochis a Hermosillo, a la altura de los pueblos yaquis, fui testigo de algunos muy malos ejemplos de esta digna tribu, cobrando a conductores de automóviles y tráileres para poder continuar con su camino, algunos de estos yaquis visiblemente drogados. De hecho, un día antes había muerto destrozado por un tráiler en movimiento un hombre yaqui que había intentado parar el vehículo para cobrar alguna cuota. Pero el colmo de mi tristeza fue ver en las afueras del pueblo de Pótam a un grupo de chiquillos (algunos no mayores de nueve años) estirando las manos para pedir dinero a los conductores. Eran como las 5:30 de la tarde y verlos ahí, indefensos, replicando el ejemplo de sus mayores fue como un golpe al corazón.

Sé que existe el proyecto de “Justicia Yaqui” para resignificar a esta importante nación indígena, pero por lo visto en este programa de la 4T les ha faltado tener un programa de gestión para que estas cosas no ocurran, y aunque estas prácticas tienen mucho tiempo y están asociadas a gobiernos estatales (porque, claro, también hay su “rajadita” de estas cuotas fuera de la Ley para alguna autoridad mestiza) deben erradicarse.

El tema del quinto poder que representan los narcotraficantes es completamente inconsistente en una sociedad que se presume democrática. Los chapos, chepos y chopos que comercializan y distribuyen estupefacientes son héroes regionales y hasta mediáticos, tanto como algunas de sus esculturales y producidas parejas. Estas actividades ilícitas que si estuvieran registradas en el Producto Interno Bruto representarían por lo menos un dígito, inhiben la paz y la no violencia además de mantener en vilo a muchas comunidades y ser un falso referente de grandeza para las mentes juveniles que pueden pensar que pocos años de bonanza justifican una muerte temprana.

Crear una plataforma nacional a favor de la paz es el propósito de algunos mexicanos como Mario Núñez, director del Patronato del INAH, al cual me sumo. Vivir en una sociedad de inconsistencias deprecia su patrimonio cultural y natural y propicia un mayor desinterés de los empresarios sociales para apoyar el arte y la cultura.

Ahora con el primero de los gobernadores antagónicos en la mira de la justicia, nos preguntamos cuántas décadas de atroces inconsistencias hemos sufrido los mexicanos que ya no sabemos en quiénes creer. Seguramente otros políticos tendrán que poner sus barbas a remojar ante el efecto Cabeza de Vaca quien se dirá inocente. ¡Veremos y diremos!