El desenlace de una elección importa por quien gana, pero también por quien pierde. En una democracia, en teoría, el carácter de la oposición pesa tanto como la disposición y mandato de quien accede al poder. En el 2006, Felipe Calderón tuvo un reto mayúsculo doble. Después de seis años lejos del poder, el PRI había perdido la paciencia y decidió configurarse como una oposición intransigente sin intención alguna de negociar, ya no digamos de encontrar coincidencias que pudieran percibirse como un triunfo presidencial.
Calderón también tuvo que lidiar con un antagonista irreductible que se asumió como un gobierno paralelo construido para desgastar, deslegitimar e incomodar hasta cumplir con el anhelo de la ingobernabilidad. Con la bandera del supuesto fraude, Andrés Manuel López Obrador negó a Calderón la legitimidad misma de la investidura, desechando cualquier posibilidad de diálogo o capacidad de maniobra al nuevo presidente. El presidente respondió enconchándose, gobernando con unos pocos. Fue, en muchos sentidos, un sexenio en estado de sitio.

Seis años después, Enrique Peña Nieto logró negociar el “Pacto por México”, aprovechando el capital político después de un triunfo claro en las urnas. La breve colaboración con las fuerzas opositoras resultó en reformas estructurales impensables durante el gobierno calderonista, en gran medida por la obcecación del propio PRI. López Obrador, mientras tanto, volvió a mantenerse al margen, de nuevo insistiendo en la ilegitimidad casi moral del nuevo gobierno. Con el tiempo, después de excesos y tropelías diversas, Peña Nieto y el PRI desperdiciarían, desde la soberbia, el inusual espíritu de colaboración que había conseguido alcanzar con la mayoría de la oposición. En esto, como en tantas otras cosas, el de Peña Nieto fue un sexenio de oportunidades perdidas.

¿Qué sucederá después de la elección del 2018? Es enteramente posible que el triunfo de López Obrador incluya el control del Legislativo, pero incluso si los partidos afines al probable ganador de la elección no alcanzan el carro completo, es evidente que Morena y sus satélites llegarán a diciembre con un mandato casi universal. En cualquiera de los dos escenarios, el futuro de las fuerzas de oposición se vuelve tan o más importante que el proyecto del nuevo gobierno. Lo cierto en este momento es que todas las fuerzas políticas mexicanas mantienen una trayectoria inversamente proporcional al fortalecimiento del lopezobradorisimo. Hablando en plata: mientras el nuevo presidente y los suyos crecen, los opositores potenciales se diluyen en lo que es ya un desequilibrio de fuerzas nunca visto en la breve historia de la democracia mexicana.

Si José Antonio Meade permanece en tercer sitio (e incluso si, aprovechando el indigno uso de los recursos del Estado mexicano, logra ascender al segundo), el PRI enfrentará una encrucijada. La derrota de Meade no significará sólo el descalabro del proyecto del candidato, también se convertirá en el colapso del proyecto peñanietista, que hasta hace unos años se asumía como una suerte de imperio transexenal, con Luis Videgaray como heredero al trono en el 2018 y Aurelio Nuño, el delfín, en el 2024. Eso no existe más, y existirá menos cuando Meade pierda. Después de semejante capitulación, es improbable que los priistas permitan que las riendas del partido permanezcan en manos de Peña Nieto o sus acólitos mexiquenses. ¿Quién encabezará al PRI y hacia donde enfilarán los priistas huérfanos? La respuesta natural tiene poco que ver con la oposición y mucho que ver con la aquiescencia. Buena parte del priismo emprenderá rumbo hacia el manto protector de la nueva encarnación del partido y se plegará al lopezobradorismo. Los otros, que me temo serán la minoría, tendrán que encontrar camino y voz. Dudo que opten por el conflicto con el nuevo presidente. Veremos la versión más zalamera y mansa del priismo.

El PAN podría tener una mejor fortuna si logra reparar las profundas fracturas del partido, tarea poco probable. La empresa ambiciosa de Ricardo Anaya y la resistencia enardecida del calderonismo han roto al PAN, quizá de forma irremediable. La campaña del 2018 llegará a su fin de manera vergonzosa para el panismo, con senadores del partido demandando al candidato que los representa en la boleta y el expresidente Calderón enfrentado públicamente con Anaya, entre muchos otros bochornos que harían enmudecer a Gómez Morin. La brega de eternidades del panismo se ha convertido en un desfile de vanidades y agravios. El resultado será un PAN reducido en el Legislativo y sin brújula a futuro. La esperanza del panismo está en sus jóvenes, modernos y mucho más progresistas de lo que uno pudiera pensar. Pero, ¿y mientras tanto? ¿Le alcanzará al panismo para alzar la voz en el ágora? Lo dudo.

Del PRD hay poco que decir. La izquierda mexicana, hoy por hoy, no tiene nombre de partido, sino nombre y apellido. Al final, López Obrador se quedó con la casa entera.

Nada de esto es un buen augurio para México. Incluso un gobierno con las mejores intenciones requiere del equilibrio de una minoría vigorosa y lúcida. Por eso, aunque hoy le cueste trabajo aceptarlo, el propio lopezobradorismo debería desearle mejores días a sus adversarios en la arena política. El poder absoluto nubla por principio.

@LeonKrauze