Don Porfirio fue fiel al lema del liberalismo, “Dejar hacer, dejar pasar’’, pero sólo en el campo de lo económico. En lo político él tomó las riendas y no permitió que nadie compartiera ni aun la mínima dosis de su poder. Los mexicanos, la verdad sea dicha, no resintieron esa falta de libertad sino hasta principios del siglo XX. Al llegar el general Díaz a la Presidencia de la República, en 1876, lo que la población deseaba era orden y paz. Don Porfirio dio ambas cosas al país. Eso fue lo que le permitió perpetuarse en el poder con la aquiescencia casi unánime del pueblo mexicano.

Se ha dicho que don Porfirio no era un político. Para eso se esgrime uno de los lemas del porfiriato: “Poca política, mucha administración’’. Yo no comparto ese punto de vista. El general Díaz fue un político no sólo por la vocación de poder que tuvo, sino también por la forma hábilmente pragmática -y muy efectiva- como ejerció el poder.

Alguien hizo una vez esta distinción: “Un político se ocupa de la próxima elección; un estadista se ocupa de la próxima generación’’. Don Porfirio jamás tuvo que preocuparse de la próxima elección. Ni siquiera sintió un asomo de inquietud cuando Madero se presentó como candidato frente a él. Su tarea fue ejercitar el poder de modo que beneficiara a la Nación. Porfirio Díaz es el inventor de esa “dictadura benévola’’  bajo la cual vivimos durante muchos años los mexicanos.

¿Que no era político don Porfirio? Lo era, sí, y muy acabalado. Una prueba de su habilidad está en la política de conciliación que inauguró en relación con el clero tan pronto se hizo cargo de la Presidencia por primera vez. Fue entonces cuando se inició ese “modus vivendi’’ roto cuando Carlos Salinas de Gortari cambió el esquema de relaciones (o de falta de ellas) entre la Iglesia y el Estado mexicano.

Don Porfirio no atacó al clero con la virulencia con que lo hicieron Juárez y Lerdo de Tejada. Tampoco, sin embargo, echó abajo la legislación anticlerical que los liberales puros plasmaron en la Constitución del 57. Asumió una actitud permisiva frente a la jerarquía católica, pero mantuvo como espada de Dámocles aquellas leyes juaristas, como queriendo significar que las aplicaría con rigor si la Iglesia entraba en manejos políticos contra su gobierno.

Así surgió el tácito arreglo. La Iglesia respetaba las leyes pero no las cumplía, y por su parte las autoridades civiles se hacían de la vista gorda ante los desacatos de los eclesiásticos. En un villorrio del sur del país los miembros del Cabildo negaron al cura el permiso que solicitaba para hacer una procesión pública, y enseguida dieron una cooperación, que sacaron ahí mismo de sus bolsillos, como liquidación de la multa que el padrecito tendría que pagar por hacer de cualquier modo aquella procesión.

Floreció la Iglesia bajo el gobierno de Díaz. Regresaron los jesuitas expulsados; se reabrieron los conventos que Lerdo y Juárez habían clausurado; surgieron nuevas diócesis con sus respectivos obispos, todos los cuales iban a saludar a don Porfirio antes de ceñir la mitra episcopal. La historia oficial usa siempre la obligada palabra “dictador”, para referirse a don Porfirio. Lo cierto es que gobernó con las bendiciones del cielo y de la tierra.