En el silencio están los altos rumores de una quietud que se instaló en nuestro territorio, parece que nos encontramos en una aldea poco habitada, ¿dónde está la multitud de niños que pueblan las escuelas, los maestros? ¿En dónde los trabajadores de las fábricas, los comerciantes de los tianguis, los deportistas, los automovilistas, los artistas? Todos en el encierro, quizá inquietos por descifrar el tiempo en que saldrán del claustro, anhelantes de que la vida vuelva a su cauce, como el río que cuando se desborda arrasa, pero al cabo del tiempo su correr es cual dulce melodía.

Parece hiperbólico que una diminuta e invisible criatura, el COVID-19, esté causando tan devastadores efectos a la humanidad, aunque esos tal vez sean menores a los provocados por los humanos durante milenios de años al planeta tierra.

Aunque resulte paradójico, el pequeño bicho nos está ofreciendo la oportunidad de repensar en qué medida tú, yo y todos hemos contribuido a crear el caos terrestre en el que vivimos, ya enumeramos en este espacio las diversas crisis de elementos vitales que padecemos, además de la pandemia.

Ahora que muchos tenemos la oportunidad de estar en casa, es el momento óptimo para realizar una autoindagación interna para aquietar nuestra mente, nuestros pensamientos y emprender una reorientación armoniosa de la conducta, eso que se llama “tomar conciencia” de la naturaleza de los condicionamientos y mecanismos que nos gobiernan, se trata en definitiva de observar, aceptar y comprender.

El silencio es fecundo, el silencio tiene voz cuando expresa la culminación de un proceso que se caracteriza por un flujo permanente de toma de consciencia sobre el cuerpo, las emociones, las percepciones y los procesos mentales.

No se trata de una autoindagación crítica sino de observar el juego de nuestros automatismos mentales, observarlos y darnos cuenta, así podemos “soltarlos” y quedar más libres y disponibles hacia los demás, hacia nosotros mismos y hacia la vida, porque el mutismo cierra mientras que el silencio nos abre. Esto puede parecer raro.

Hay estudios de científicos alemanes que aseguran que en el silencio la experiencia resuena con un eco parecido al de la sonoridad de las notas musicales, cuando encuentran un espacio para disolverse en el silencio.

Tras la visión de cualquier pensamiento en el campo de nuestra conciencia, podemos realizar una pausa para salir del nivel del pensamiento y observar: eso es un pensamiento. No soy yo, es tan sólo un raciocinio. Observo la calidad del pensamiento, sin juzgarlo, y cómo se asocia al nivel emocional. ¿Cómo me hace sentir pensar así? Este ejercicio, si se hace con disciplina, permite sentir en el cuerpo el efecto de mis raciocinios.

Esto puede parecer muy ajeno a la vida cotidiana, porque después de todo es un trabajo mediante el cual decrece la cantidad de pensamientos que generan ruido innecesario a nivel emocional y sucede asimismo que los pensamientos improductivos pierden fuerza.
El silencio acaba resultando acogedor y dulce. Con e?l podemos hacernos cargo de nuestro mundo emocional e igualmente aprendemos a abrazar todo lo que de ahí surge y se desvanece.

Lo decía José Saramago: el silencio escucha, examina, observa, pesa y analiza. El silencio es fecundo. El silencio es la tierra negra y fértil, el humus del ser, la melodía callada bajo la luz solar. Caen sobre él las palabras. Todas las palabras. El trigo y la cizaña. Pero sólo el trigo da pan.

“Oh, dios del silencio, que creas el mundo con tu escucha. No nos respondas nunca, aunque el deseo de hacerlo sea fuerte, pues una sola palabra tuya podría destruirnos”.

Rosa Esther Beltrán Enríquez
Horizonte ciudadano