Los déspotas de todos los colores y latitudes son fácilmente identificables porque sus pulsiones autoritarias les delatan pronto. Y esto es así porque tales pulsiones se desarrollan conforme a un libreto bien conocido, al margen del lugar del mundo escogido para escenificarlo.

Sus fórmulas son bien conocidas a estas alturas, al grado de ser previsibles de forma simple mediante el uso de la abundante evidencia empírica acumulada al respecto. Y para estar en aptitud de anticiparse a los movimientos de los autócratas, es importante puntualizar, no hace falta sino leer un poco, echarle una ojeada a la historia del mundo y no renunciar a la capacidad de pensar por uno mismo.

Justo porque no hay nada nuevo ni imaginativo en la ruta seguida por quienes aprovechan las bondades de la democracia para encaramarse al poder y desde allí desplegar sus apetitos autócratas, era fácil anticipar cómo en Andrés Manuel López Obrador y sus acólitos el amor por las “benditas redes sociales” transmutaría en algún momento en odio.

Como se ha documentado ampliamente en los últimos días -a partir del asalto al Capitolio de los Estados Unidos por parte de las hordas salvajes azuzadas por Donald Trump, para ser precisos-, al Iluminado de Macuspana le ha dado por decirse “muy preocupado” por las amenazas a las cuales encuentra expuesta la libertad de expresión en el mundo debido a la perversa actitud de las empresas detrás de las redes sociales.

Tal “preocupación”, a partir de la cual ha dedicado varias de sus homilías mañaneras a inflamar el odio de sus huestes de iletrados a quienes ha ordenado dirigir sus baterías en contra de sus antiguos amores, se está convirtiendo en una iniciativa de reformas legales cuyo propósito es dotarse a sí mismo de nuevas herramientas para la supresión de las libertades.

Pero, como hemos señalado ya, esto era perfectamente predecible.

Justamente por ello, el 26 de diciembre de 2018, cuando todavía no se cumplía el primer mes de vida de la transformación de cuarta, escribí en mi cuenta personal de Twitter lo siguiente: “¿Cuánto tiempo falta para que nuestro líder supremo comience a decir: ‘malditas redes sociales’?”.

Como se puede medir ahora en retrospectiva, faltaba poco más de dos años y el registro histórico de un suceso inesperado: la “clausura” permanente de la cuenta personal de Donald Trump en Twitter, así como el cierre temporal de sus cuentas en otras redes como Instagram, Facebook y YouTube.

Recupero el dato de mi tuit personal, no para ponderar mis capacidades de clarividencia sino para evidenciar cuán predecibles son los individuos del corte de López Obrador.

La razón de su predecibilidad es muy simple: se trata de individuos intelectualmente minusválidos, quienes transitan por el mundo armados con apenas un puñado de ocurrencias y muchas toneladas de prejuicios, traumas existenciales, rencores clasistas y, sobre todo, una ambición enfermiza por el poder absoluto.

Cuando este tipo de individuos consigue asaltar las instituciones públicas, está sobradamente documentado, se ajustan de forma milimétrica a la agenda del despotismo caracterizada por la necesidad de monopolizar la conversación pública y convertirse a sí mismos en el centro de toda preocupación y ocupación social y gubernamental.

Como no puede ser de otra manera, esto implica desandar el camino gracias al cual arribamos al continente de la democracia y desmontar los instrumentos gracias a los cuales los individuos abandonamos la categoría de súbditos para conquistar la de ciudadanos.

Porque aun cuando los déspotas dicen defender las libertades públicas, perseguir la felicidad del pueblo y estar empeñados en transformar la realidad colectiva en un sucedáneo del paraíso terrenal, sus muchas ignorancias les llevan a creerse el cuento de ser los únicos capaces de concebir una fórmula para lograr tales objetivos.

De la asunción de tal convicción a la adopción de una fórmula dictatorial para imponer al “pueblo ignorante” su fórmula personal de la felicidad sólo existe un paso. Y cuando este se da comienza el proceso de dinamitar las libertades públicas, un estorbo en la ruta hacia el paraíso prometido.

Eso justamente significa el anuncio del senador Ricardo Monreal en el sentido de estar preparando una iniciativa de reformas a la Ley de Telecomunicaciones y Radiodifusión con el propósito de “regular” la operación de las denominadas redes sociales.

Como ocurre con todas las autocracias con ambiciones dictatoriales, el discurso con el cual se arropa esta pretensión es el de “proteger los derechos de la ciudadanía”. Lejos de tal posibilidad, ante nuestros ojos solo está la grosera pretensión de uniformar el discurso público y convertir al criterio del mesías tropical en la única medida para decidir quién sí -y quien no- puede amplificar su voz a través de las redes sociales.

Estamos en el punto de inflexión. Es justamente el momento para reaccionar y defender nuestras libertades.

¡Feliz fin de semana!

 

@sibaja3

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