Los medios se han encargado de hacernos saber que el contagio del COVID-19 se inició en China, que se extendió en menos de cinco meses a diferentes latitudes del mundo, que ha infectado a más de cinco millones de personas y que hay un número de fallecimientos mayor a 320 mil y según los expertos todavía va a aumentar. Estos datos los respalda la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero esta misma institución señala que todos los días mueren alrededor de 8 mil 500 niños por desnutrición, o sea una cifra mayor, infinitamente mayor a los decesos provocados por el corona virus. Estas criaturas de mueren de hambre. ¿Por qué no nos ha estremecido como sociedad esta realidad? ¿Por qué no ha alterado nuestras vidas como sí lo ha hecho el COVID-19, este dato que debiera espantarnos? Quizá porque la desnutrición que mata a tantos infantes no afecta a todos los sectores de la sociedad, ni resulta contagiosa para millones de seres que sólo nos enteramos de estas muertes y simplemente nos resultan indiferentes. La indiferencia es uno de los males más deleznables que padecemos los humanos. Los mexicanos, verbi gratia, la cargamos en grado superlativo, su desgraciada presencia explica por sí misma como un país tan rico en recursos naturales, ha condenado a millones de compatriotas a vivir como parias y lo más devastador, a aceptar que así les tocó y que no va a cambiar. Me parece que esta pandemia tiene que movernos, nos debe caer el veinte de que no podemos seguir fingiendo demencia ante la inequidad de oportunidades que impide a la gente solventar una necesidad primaria, como es la de alimentarse. Tenemos que reflexionar sobre el valor de la vida y sobre todo lo que se ha dejado de hacer, o se ha hecho con las extremidades inferiores por los diferentes gobiernos, y que nosotros hemos tolerado, para que existan millones de mexicanos que toda su triste vida, desde sus ascendientes, les ha tocado ver el sol a través de una rendija.

Hoy más que nunca nos debe de quedar claro que el COVID-19 es bien demócrata, mata parejo, que el dinero no salva a los ricos, que a los fuertes tampoco los inmuniza su vigor, que igual se carga a pillos y probos y arrasa con ignorantes y cultos. Y que más nos vale a todos recordar nuestra condición de vulnerabilidad con mucha humildad. Y poner en práctica la generosidad, la solidaridad y la subsidiariedad, valores que el materialismo y la superficialidad que hoy dominan nuestro ser y quehacer, han mandado al limbo de nuestra inconsciencia consentida. Y de verdad que más nos vale desempolvarlas porque lo que viene mancornado con la crisis de salud es otro jinete apocalíptico, la crisis económica. Y a todo se acostumbra el hombre, menos a no comer. Y el hambre combinada con la desesperanza, el resentimiento, el odio y el ya no tener nada que perder, son caldo de cultivo ad hoc para que se desate la violencia, y esta es un monstruo que cuando se suelta arrasa con todo y dadas las condiciones generadas por el gobierno de cuarta que hoy tenemos, va a ser muy difícil controlarla. Y los fenómenos de esta naturaleza dañan a todos, pero se ensañan con los más débiles. Me explico, el rico se va, salva sus inversiones en el extranjero, pero todos los demás nos quedamos. En México, de acuerdo con datos del Inegi, la tasa de informalidad laboral alcanza cerca de 60 por ciento de la población ocupada. Los “alivios financieros” ofertados por la 4T no son tal, sólo dilaciones a los problemas de fondo, incluso los desdeñaron los destinatarios, pregúnteles. El que no tenga ahorros, el que desde antes de la pandemia no tenía empleo, los adultos de la tercera edad que viven al día, los millones de desempleados con el cierre inminente de mipymes… ¿Qué viene? Hoy es necesaria una renta básica extraordinaria en favor de estas personas para contener en la medida de lo posible esta avalancha, y no sólo por elemental justicia y derecho, toda vez que el Estado tiene la obligación de garantizarles el mínimo para vivir, sino para asegurar mayor eficacia a las medidas tomadas para enfrentar la pandemia. Redistribuir hoy es sustantivo para aminorar el golpe del problema económico que se nos viene. Y también llegó la hora de que el sentido común de López Obrador empiece a funcionar. Su Tren Maya y su Aeropuerto de Santa Lucía, tienen que pasar a quinto término. No es momento de invertir recursos públicos en sus obsesiones personales –y de paso “pagar favores” a sus aliados multimillonarios– y sobre todo para satisfacción de su ego mastodóntico. ¿No podrá por una vez en su vida ser sensato?

Reconsiderar es un imperativo. Esta crisis de salud abre una gran oportunidad para enfrentar problemas como la desigualdad que priva en nuestro país, y que hasta la fecha siguen sin solventarse. Y hacerlo compete a los gobiernos de los tres niveles, a legisladores locales y federales, y por supuesto a una sociedad que tiene que entender que debe asumir su papel de sujeto activo, porque con su pasividad lo único que ha logrado es que una caterva de rufianes de diferentes colores, a lo largo de muchas décadas, le robe su patrimonio en las narices, arropada en la impunidad institucionalizada que nos distingue como uno de los países más corruptos del orbe. Los gobiernos tienen el deber de generar condiciones para que la gente, sin distingos de por medio, viva como gente y eso aquí, aún no ha sucedido.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.