Foto: Alejandro Rodríguez/VANGUARDIA.

Vivimos cara a la muerte.     Si de algo me he dado cuenta en el último año, es que jamás hemos tenido la seguridad que pensábamos que teníamos. Esa garantía que nos promete que “mañana será otro día” (y los demás clichés relacionados) es mentira.  Nunca he tenido el mal hábito de disculparme por mi honestidad.  No comenzaré hoy, pero sí diré que siento mucho lo que nos ha sucedido.  Siento mucho que estemos tocando una nueva primavera (la segunda) sin saber si salir, si quedarnos, si la situación mejorará o empeorará, si perderemos más o menos. Yo he tenido pérdidas desgarradoras y asumo que Uds. también.  

Vivimos cara a la muerte. Estamos a diario frente a ese momento en que la última esperanza de permanecer en esta vida se desliza por los dedos y no hay más que hacer. Existimos en el filo de un virus importado, de un torrente de agua que sale de la nada, de células de nuestros cuerpos que crecen inexplicablemente, de errores, de descuidos, de enfermedades no detectadas, de hábitos, de irreverencias.  

No creo en la positivología que dice que hay que vivir cada día como si fuera el último y así, aunque queda claro que esa posibilidad existe.  Yo quisiera ser capaz de vivir, aunque fuera por momentos, de realmente vivir.  Y sé que vivir implica estar consciente de y cercana a la muerte.

Vivimos cara a la muerte. Lo sabemos. Lo negamos. Nos asusta. Los invito a levantar la cabeza y a contemplar la mirada de la muerte y, a través de esa mirada, la mirada de la vida misma.