Ha transcurrido más de un siglo desde que José de Letamendi, patólogo catalán, acuñó una idea, cierta y repetida, “El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe”. El mensaje no ha envejecido. Nuevas realidades confirman su pertinencia. El enjuto tiempo dedicado a los enfermos, la casi desaparición de la conversación, la súper especialización de los doctores, y la pérdida de la relación médico/paciente, cada vez más amenazada por Internet médico y por la pronta aparición de doctores robots, son realidades contemporáneas que refuerzan la idea de Letamendi: ni médicos ni pacientes conversan. Se tratan signos, no se inquiere sobre la vida.

Literatura y medicina abarcan al menos dos tópicos: galenos que escriben, y el posible impacto de médicos interesados en la literatura y en compartirla con sus alumnos. Me ocupo del segundo punto: ¿puede la literatura influir en el oficio médico?

Dado el creciente poder de la tecnología la literatura puede beneficiar al doctor en formación. Los médicos encargados de impulsar la enseñanza de la literatura y la poesía, sobre todo en EU y en algunos países europeos, lo hacen para fortalecer la formación humanista de los alumnos. Los interesados sustentan que poesía y literatura siembran y/o refuerzan cualidades como la empatía o el desarrollo de otro tipo de instrumentos para interpretar las molestias y los dolores del enfermo, instrumentos que podrían englobarse en el arte de la conversación, arte, como me recuerda Guillermo Fadanelli en extinción.

La mayoría de las veces la ciencia arroja resultados exactos; glucosas elevadas sirven para diagnosticar diabetes mellitus; fracturas demostradas por Rayos X aportan datos incontrovertibles. En cambio, la historia narrada por el enfermo, a pesar de que el médico escuche con atención, no siempre refleja la realidad. La literatura puede ayudar a entender los vericuetos profundos de la patología.

Sobran novelas donde ficción y realidad se mezclan. Leerlas puede ayudar a comprender las perspectivas de los enfermos. Poco importa si prevalece la ficción o la realidad. “La montaña mágica” de Thomas Mann narra las vivencias de un enfermo de tuberculosis; “La muerte de Iván Ilich” de León Tolstoi comparte las reflexiones de un personaje acerca de la muerte; “Peste & Cólera”, novela histórica de Patrick Deville, describe los avatares de ambas epidemias. Adentrarse en el sufrimiento desde la literatura permite, o al menos facilita, comprender lo que el enfermo experimenta y el laboratorio no muestra. Los personajes literarios en muchos sentidos semejan las vivencias de los pacientes, y éstas, en ocasiones, pueden convertirse en cuentos o en novelas –por esas razones, algunos médicos ejercen el oficio de escribir–.

El binomio literatura y medicina puede ser bidireccional; en algunas escuelas se les pide a los alumnos que escriban poemas o ensayos sobre la enfermedad desde la perspectiva del paciente; en otras, los testimonios de los enfermos se convierten en abrevadero para trazar historias o para comprender a otros pacientes. Comprender los entuertos de personajes enfermos en novelas permite entender, si no mejor, sí de otra forma, la narrativa de los pacientes.

Alguna vez escuché que “el universo está formado por historias y no por átomos”. Las historias de los pacientes, al igual que las de los incontables personajes enfermos de la literatura comprueban esa idea. Cuando se solicita a los enfermos que escriban algunos avatares y posteriormente se invita a los médicos en formación que hagan lo propio utilizando al mismo enfermo como modelo, afloran simetrías sorprendentes. Algunos “enfermos muy enfermos”, sobre todo aquellos que estuvieron a punto de fenecer son testigos de múltiples vivencias. Algunos “enfermos muy enfermos”, dotados de introspección, pueden convertir sus experiencias en novelas. Y lo inverso: ¿cuántas novelas cuyos personajes padecen enfermedades no fueron antes reales?

Finalmente, ¿qué es una historia clínica? Las historias clínicas bien hechas contienen una dosis de literatura. Lo mismo sucede con grandes novelas: “El Quijote” y “Madame Bovary” incluyen fragmentos de historias clínicas; insuperables son las del médico/escritor Oliver Sacks: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” es un libro de relatos clínicos; en “Un antropólogo en Marte”, Sacks comparte la historia de tres casos médicos.

Literatura y medicina se nutren mutuamente. Si se aguzan los sentidos es fácil comprobarlo. Letamendi sigue vivo: “El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe”.