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Este sábado, en la sagrada cancha del Coloso de Santa Úrsula, se disputará una edición más del llamado “Clásico joven” del futbol mexicano, bautizado así por Estanislao Gerardo Peña Kegel. 

Les platicaré que hace algunos ayeres, la primera vez que me tocó pitar el Cruz Azul vs. América, mientras calentaba (lo que ahora les ha dado por llamar “ejercicios precompetitivos”) en el vestidor, mi asistente de línea, Miguel Ramos Rizo (hermano de Felipe), y viejo lobo de mar, me comento: “No te preocupes Lalo, estos partidos no son tan difíciles de arbitrar”…... Y así fue. 

Y es que echando a volar la sinceridad, no recuerdo un duelo entre cementeros y aguiluchos en que “el agua hubiera llegado al río”. Lo más que ha ocurrido fue una corretiza al término del encuentro, lo que trajo como consecuencia una (irracional) suspensión de seis jornadas a Miguel Sabah. 

Quizá la rivalidad inició allá por la temporada 1971-72, cuando en la final los de La Noria humillaron a los de Coapa al son de 4 goles por uno bajo la batuta del ‘Mariscal’ Fernando Bustos. Por cierto, ese partido fue arbitrado por Arturo Yamasaky y los linieros eran “el generalísimo” Mario Rubio y mi papá, bien presente tengo yo. El América tomaría revancha en otra final, en la temporada 88-89, derrotando al Cruz Azul. 

Y bueno, otra final que ayudó para acrecentar la añeja rivalidad deportiva, fue la celebrada hace apenas dos años y medio, cuando los otrora cremas lograron darle la vuelta al marcador en el último minuto, de forma casi milagrosa, con un gol del cancerbero Moisés Muñoz, para irse al alargue y en los fatídicos tiros desde los once metros ceñirse la corona, para que los azules sumaran uno más de sus gloriosos subcampeonatos. Tal vez, si Memo Vázquez se hubiera coronado, él habría sido el técnico nacional en lugar del consorte de la liendre. 

Son muchos los recuerdos que se agolpan en mi memoria al pensar en el clásico joven, pero uno de los quizá más especiales e importantes es referente al duelo disputado en un Azteca casi lleno, el 24 de Marzo de 1996, que sirvió como marco esplendoroso para la despedida de un legendario del silbato, uno de los jueces que más brillo le han dado a esta bella profesión: Bonifacio (nombre de sacristán) Núñez Vega, ser humano de excepción. Excelente como silbante... mejor como amigo. 

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