La violencia de género constituye una de las más graves violaciones a los derechos humanos en la que se limita, total o parcialmente, el reconocimiento, goce y ejercicio de los derechos y libertades de las mujeres.

Se reconoce su existencia y es reprochada. En ese sentido se han creado numerosos instrumentos legales de protección, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, que sancionan y buscan erradicar la violencia contra la mujer en todas sus formas.

Pero, ¿qué pasa con todas aquellas formas de violencia silenciosas, indirectas, que nadie percibe por estar tan arraigadas en nuestra cultura patriarcal? Las hemos normalizado, siendo conductas aprendidas de generación en generación, cuya importancia radica en la perpetuación del machismo.

Estas conductas son conocidas como micromachismos. Este término, acuñado por el psicoterapeuta Luis Bonino Méndez, se refiere a aquellas prácticas de dominación y violencia masculina en la vida cotidiana, sutiles e imperceptibles, con las que se intenta imponer una supuesta superioridad del hombre y control sobre la mujer, que algunas veces por su misma naturalización en la sociedad se realizan casi de manera inconsciente.

Pasa incluso en los hombres que pudieran considerarse “progresistas”. Lo más común es que se manifiestan a favor del desarrollo de la mujer en el ámbito público y comparten gastos. Sin embargo, no participan equitativamente en el ámbito doméstico, dejan a la mujer a cargo de las tareas del hogar imponiéndole una doble carga, pues tiene que salir a trabajar ya sea por voluntad o por necesidad y regresar a encargarse de las labores domésticas, de los hijos y del esposo. Muchos hombres parten de la idea de que “ayudan a la mujer” y no de que es una responsabilidad compartida o en su caso un trabajo conjunto.

Otro ejemplo es cuando el hombre obtiene tiempo para salir a divertirse, justificando que es necesario debido al agobio provocado por su trabajo, a costa del tiempo de la mujer, de que ella se quede en casa a cuidar a los hijos.

Los micromachismos no sólo se ejercen en el ámbito de la pareja, también se generan y ejercen desde la sociedad. Por mencionar un ejemplo: vas a un restaurante y, ¿en dónde están los cambiadores para los bebes?, en el baño de la mujer. Esto significa que es la sociedad misma que impone a la mujer el cuidado de la familia.

Aunque pudieran parecer inofensivos, por su constancia y reiteración, los actos de micromachismos provocan en la mujer agotamiento tanto físico como mental, así como el menoscabo en su autonomía personal.

El reto más importante para transitar a una vida libre de violencia es visibilizar estas conductas, neutralizarlas y evitar que pasen a las nuevas generaciones, pero sobre todo requiere la voluntad de los hombres para que las reconozcan y empiecen a replantearse y cambiar su comportamiento para así lograr relaciones equitativas.

La autora es directora de Asesoría Jurídica en Materia de Violaciones a Derechos Humanos de la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas de Coahuila

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH