Estoy escribiendo en la biblioteca de la casa.

María de la Luz, mi señora –señora en el sentido de esposa; señora en el sentido de dueña-, anda atareada en la cocina.

La oigo canturrear una canción.

Su voz no es la de Callas, Tebaldi o Caballé. De hecho –tengo que decirlo- desafina un poco. Cuando cantaba en el coro del Santuario el director se le acercaba y le pedía en voz baja:

-Canta quedito, Lulú.

Arrullaba a uno de nuestros hijos en la mecedora, y le decía yo:

-No le cantes, Güerita. Te puede oír.

Y sin embargo en este momento suspendo mi trabajo para escuchar su canturreo. La música del Cielo no es tan bella como esa canción que oigo sin que la cantora sepa que la estoy oyendo. Ni Caballé, Tebaldi o Callas cantaron nunca tan hermosamente.

Creo que el mundo también se ha detenido para escuchar esta canción. La belleza, el amor y la bondad no desafinan nunca.

 

¡Hasta mañana!...