"Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo / desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte". (Miguel Hernández; 1910-1942). Es una costumbre personal leer, al menos, unas líneas al día que me recuerden que estoy muerto, tirado a un lado del camino, desechado y a un paso de unirme al polvo que otros respirarán. Ya después practico el entusiasmo y doy paso a la hipocresía; me calzo unos grilletes imaginarios, me acomodo en la silla y me dispongo a escribir o a leer una gran obra literaria. Leo esas hojas, plasmado con la abulia de alguien que corta piedra en un campo de concentración. Entonces, de pronto, por un instante, vuelvo a ser un extraño para mí y disfruto: la pasión se pone en pie y el deseo vuelve antes de marcharse otra vez. Recuerdo el aforismo de E.M. Cioran: "Quien no ha muerto joven merece morir" y hasta entonces me conformo y sé que merezco las penurias que me atan al atardecer y me atormentan durante la noche y la mañana.

A un lado de la puerta de mi recámara se encuentra el tanque de oxígeno que le compré a mi madre en su agonía. Es esbelto y está dispuesto sobre unas rueditas que lo hacen fácil de arrastrar. Mi madre casi no pudo usarlo, pues ya estaba en cama y murió afectada por un mal en los pulmones a sus poco más de sesenta años. El tanque de oxígeno es el único objeto que conservé de ella y cada vez que entro a mi habitación me digo: "Ni siquiera pudo utilizarlo, pero me agradeció el gesto, aunque en su mirada supe que lo consideraba innecesario, fútil, un objeto para darme más tranquilidad o salud a mí que a ella". Los enfermos irreparables somos los que no estamos enfermos; el cuerpo nos miente y juega con nuestra vanidad como hacen los gatos con los roedores. Pero yo tengo los ojos abiertos y la salud no me ofende, ni me toma desprevenido: es una furcia y meterá su mano en mis bolsillos hasta arrebatarme la última moneda de optimismo.

Once meses antes de la muerte de mi madre fue el turno de mi padre, quien falleció semanas después de un derrame cerebral: el infarto lo visitó a sus sesenta y cinco años. Me resistí a acudir al hospital del IMSS sitiado por un puño de sicarios vestidos de blanco. Lo habían amarrado a una cama por temor a que se escapara. Atado como una bestia; en lugar de calmantes los médicos prefirieron las cuerdas. Finalmente se fue, recostado en su cama, muerto en posición fetal, decepcionado de sus esperanzas: el optimismo fue su debilidad, su cadalso. Yo no tuve hijos para evitarles habitar un pasaje semejante; hice un bien que ellos no me agradecerán, pese a que estoy seguro que de haber tenido descendencia ésta habría sido infame y desagradecida.

Podría continuar con el ramo de cadáveres que habitan mi memoria; sin embargo, cada quien dibuja el rostro de su tragedia y ni siquiera es capaz de compartirlo. La intimidad es una cárcel sin ventanas. Amigos muertos a causa de accidentes absurdos, suicidios, enfermedades que van royendo la belleza de las personas amadas, de los viejos amigos y maestros: de ello se nutre la experiencia. Qué puede importarme una epidemia si la comparo con los males pasados y venideros. Este tipo de acontecimientos comunales le pertenecen a otra clase de personas: es asunto de los felices. En La educación del estoico, Pessoa deploró escritos como el que ustedes acaban de leer; no tenemos derecho a llamar triste a la primavera; ni lamentarnos a los ojos de otros. "Desde que existe inteligencia toda vida es imposible", porque la razón no se resigna; inventa, pero no vive, no sabe que ha perdido la batalla y que la muerte no se presenta como una estrella mediática, sino que se trama y se reproduce sigilosamente a nuestro lado.