Napo Ortiz fue laborioso y eficaz colaborador del Banco Mercantil de Monterrey, sucursal Saltillo, allá en aquellos años, los cincuenta del pasado siglo. Un buen día el gerente le ordenó que fuera a cobrar una cuenta difícil. El deudor tenía vencidos ya varios documentos. Era agricultor, y no se le habían dado bien las cosechas, de modo que los préstamos refaccionarios, los de habilitación y avío, los hipotecarios, prendarios y todos los demás créditos habidos y por haber se le habían vencido ya. “Tres maneras seguras hay de arruinarse –escribió el inolvidable papa Juan XXIII, de tan feliz memoria–. Son el juego, las mujeres y la agricultura. Mi padre escogió la manera más aburrida de las tres. Quiero decir que era agricultor”. Pues bien: también era agricultor aquel deudor insolvente.

Fue Napo Ortiz a buscarlo a su casa, y regresó al banco poco después mohíno, meditabundo y cabizbajo. Sin más ni más le dijo a su jefe que quería renunciar.

-¿Por qué, mi Napo? -le preguntó el superior.

Entonces Napo Ortiz le contestó lo que le había pasado. Fue a buscar en su casa al insolvente, y no lo halló. Encontró, sí, a su mujer, y a ella le dijo que a falta de su esposo debía ella acudir al banco a regularizar la situación. La señora se angustió grandemente, y pronunció entonces las fatales palabras que hicieron a Napo Ortiz pensar en que debía pensar en dejar definitivamente sus tareas de cobrador.

-A mi marido se le ha puesto la cosa muy dura –le dijo la señora–. Póngase usted en mi lugar.

“El Godoy”, don Alfredo de la Peña, era famoso por sus ocurrencias, por el don que tenía de sacar quién sabe de dónde respuestas donairosas que hacían soltar el trapo de la risa a quienes las escuchaban.

Fue un día don Alfredo al Banco de Coahuila, y se apersonó con su gerente, el muy serio, parsimonioso y estimadísimo señor don Leonardo Arzuaga. Le explicó “El Godoy” a don Leonardo que se proponía explotar una mina de vetas muy promisorias que había encontrado y que seguramente lo harían rico en poco tiempo. Dispuesto estaba él a compartir su prosperidad con todo Saltillo, volcando en obras de beneficio general los muy cuantiosos caudales que sin duda ninguna le rendiría la mina. Desgraciadamente por esos días andaba algo escaso de dineros –“impecune e inargento” dijo él con mucha formalidad–, motivo por el cual se veía en la necesidad de molestar a don Leonardo en las múltiples ocupaciones que tenía para pedirle un crédito que él se comprometía a pagar en el tiempo y con las condiciones que el banco le fijara.

-En su caso, señor de la Peña –contestó el señor Arzuaga–, el aval lo pedimos por pura fórmula, de modo que muy bien puede usted traer la firma de su señora esposa.

-Mire usted, don Leonardo –dijo entonces “El Godoy” asumiendo una postura de mucha dignidad–. Mi esposa y yo no hacemos trámites bancarios. Lo único que hacemos, a más de vivir juntos, es…

Y usó un verbo que significa “asir” o “tomar”.

Grata memoria dejó de sí aquel Godoy, ingenioso saltillense cuyas ocurrencias son todavía celebradas por quienes tuvimos la fortuna de oír hablar de él.