Desde el primer segundo de ayer domingo, decenas de mujeres y hombres que buscan representarnos durante los próximos tres años -unos en el ayuntamiento local, otros en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión- recorren las calles de nuestras ciudades buscando convencernos de votarles el próximo 6 de junio.

Se trata de una puesta en escena que se reproduce cada cierto tiempo y de la cual, por regla general, ya conocemos el guion: un concierto de señalamientos mutuos en el que las ideas concretas escasean pero las descalificaciones abundan. La intención, todo hace indicar, es convencernos, no de que tenemos enfrente a la mejor persona, sino de que cualquier otra es peor.

No hace falta, por cierto, que los políticos -los de carrera y los novatos- se esfuercen por convencernos de que esta no es una lucha entre buenos y malos, porque de los primeros no hay, pues si algo hemos acumulado los ciudadanos a los largo de los años es decepción hacia los partidos y sus representantes.

Habida cuenta de lo anterior, conviene preguntarse si las campañas que recién iniciaron pueden convertirse en un ejercicio que nos motive a recuperar, aunque solo sea un poco, la confianza en la actividad política. Valdría la pena, desde luego, que los políticos se esforzaran en ello.

De entrada, como lo demuestra la experiencia, no existen elementos para documentar el optimismo, sino más bien al contrario: los protagonistas fundamentales de este ejercicio parecieran determinados a proveernos de más y mejores motivos para el escepticismo.

Pero acaso por ello los ciudadanos debiéramos ser quienes provoquemos una mudanza en la forma en la cual se hace campaña. Eso es posible, porque somos nosotros quienes decidimos quién debe gobernar.

Es verdad que estamos obligados a escoger entre las opciones que han cumplido los requisitos legales para contender en este proceso y que, aún cuando ninguna de esas opciones nos satisfaga por completo, eso es lo que hay y no se puede inventar otra opción.

Pero incluso en un escenario en el cual, desde la perspectiva individual, no existan opciones capaces de concitar el entusiasmo, lo que sí debe hacerse presente es nuestra determinación por no permitir más que el ejercicio de la democracia se reduzca a la posibilidad de votar.

Así pues, valdrá la pena que en estas campañas asumamos un papel más activo, dejando claro a quienes buscan nuestro voto que no se los daremos de forma gratuita ni acrítica, sino que tendrán que convencernos primero de que tienen propuestas concretas para resolver los problemas locales y luego, si obtienen el triunfo, tendrán que refrendar su compromiso con nosotros de forma cotidiana.

Y en este proceso es necesario que los electores tengamos clara una cosa: los políticos no van a esforzarse para revertir voluntariamente el estado de cosas que genera nuestra insatisfacción; nosotros tenemos que obligarles a ello. Nos quedan 58 días para hacerlo.