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Con más de mil 300 dibujos esta colección muestra los años formativos del pintor español, mucho antes de que desarrollara el cubismo, y arroja luz sobre sus inicios en la pintura figurativa

A Pablo Picasso lo conocemos por el cubismo. Esas abstracciones vanguardistas que revolucionaron el arte y que lo consolidaron como uno de los más grandes artistas de siglo 20, en las que exploró otra manera de hacer arte, de jugar con las formas, los colores y la composición sin duda son su marca, pero no es lo único que hizo.

El pintor español inició como la mayoría de los artistas, en una escuela tradicional, con una formación figurativa, y la exposición que desde diciembre tiene el Museo Picasso da muestra de estos inicios a través de 17 cuadernos y más de mil 300 dibujos.

Este trabajo ilustra sus inicios formativos en La Coruña, Málaga y Barcelona, así como su admiración por Velázquez y Goya, a quienes pudo copiar en el Museo del Prado, que ha cedido dos obras del autor de Las Meninas para la exposición.

Los cuadernos de dibujo, explicó para Efe la comisaria de la muestra, Malen Gual, son para Picasso "una especie de diario, en el que investiga y experimenta para solucionar los problemas inherentes a su proceso creativo".

Tal fue la importancia de los cuadernos de dibujo para el pintor que en 1907 escribió en las páginas de uno de ellos preparatorio para "Les demoiselles d'Avignon": "Je suis le cahier" (Yo soy el cuaderno), recordaba hoy el director del museo, Emmanuel Guigon; y además, nunca se desprendió de la mayoría de sus cuadernos, sino que los conservó toda su vida en su colección.

De los 175 cuadernos que Picasso llenó con sus dibujos entre 1894 y 1967, el Museu Picasso conserva 19, y 17 de ellos proceden de la donación realizada por el artista en 1970, hace cincuenta años, que corresponden al período de infancia y juventud.

Los otros dos son adquisiciones posteriores: el "Carnet catalán o de Gósol" (1906) adquirido por el museo en 2000, y el "Carnet de La Tauromaquia" (1957), comprado en 2018, que cierra el recorrido expositivo.

Picasso nunca dejó de dibujar, representando del natural a las personas y su entorno, rostros, ráfagas de vida, paisajes, parques o bocetos de otros cuadros en el Museo del Prado, que en la exposición se ilustra con dos cuadros de Velázquez, los retratos de Felipe IV y del bufón Calabacillas, cedidos para la ocasión.

También registra anotaciones, direcciones, los itinerarios que seguía mientras llenaba el cuaderno, los encuentros con amigos, como si fueran "unos diarios íntimos", en los que confluyen todas las técnicas, desde el carbón o el lápiz a la sanguina, y de la tinta a la acuarela al óleo o el gouache.

Dada la dificultad de poder mostrar todos las páginas de los cuadernos, en la exposición, que estará abierta al público hasta el 4 de abril, junto a cada uno de los cuadernos abiertos por una de las imágenes más emblemáticas se ha colocado una tableta en la que sucesivamente se muestran todos los dibujos reproducidos digitalmente, así como alguna de las obras a que hace referencia.

La exposición se inicia con los cuadernos infantiles, dos del período coruñés y otro del tránsito de A Coruña a Barcelona, a los que siguen otros seis carnets, que coinciden con el período académico en la Escuela de Bellas Artes de La Llotja barcelonesa, entre 1895 y 1897, y justo al lado se pueden contemplar dos yesos de la Venus de Milo y la Venus de Médicis de La Llotja, que "con toda probabilidad son los que copió Picasso", apunta Gual.

En esa misma sala otro cuaderno testimonia los bocetos para una de sus primeras obras maestras, "Primera comunión" (1896), que pintó con 15 años y que ha recuperado en esta exposición su marco dorado original.

La siguiente sala está dedicada a la estancia en Madrid entre octubre de 1897 y mayo de 1898, donde, desalentado por los estudios académicos de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, abandonó las clases y se lanzó al conocimiento directo de las obras de los grandes maestros de El Prado, como explica en una carta a su amigo Joaquim Bas.

Además de bocetos de obras de Velázquez y Goya, de quien copia algunos 'caprichos' y escenas de tauromaquia -se exhiben junto a grabados del Museo Goya. Colección Ibercaja-, los cinco cuadernos madrileños contienen numerosos paisajes del Retiro y la Moncloa, del Madrid antiguo, detalles de sus domicilios, así como escenas callejeras y personajes castizos.

En el ecuador de la exposición, se muestra un cuaderno de 1898 iniciado en Horta de Sant Joan (Tarragona) y finalizado en Barcelona, y el cuaderno de Gósol (Lleida), un diario íntimo en el que aparecen muchos retratos de su entonces compañera, Fernande Olivier, a la vez que una crónica de la vida del pueblo y su paisaje y, como apunta Gual, "un testimonio de su proceso creativo, ya que hay estudios para grandes composiciones como 'La toilette' y 'Dos hermanos'".

También ahí se puede ver la talla románica de la Virgen de Gósol, la misma que contempló Picasso en su estancia en el pueblo pirenaico, que "jugó un papel esencial en su estilo cada vez más simplificado, con los ojos grandes y abiertos y las cejas perfiladas".

Tras un espacio consagrado al cuaderno de la taberna modernista Els Quatre Gats (1900), con escenas urbanas, que recoge la influencia de las corrientes de vanguardia recién descubiertas en París, la exposición se cierra con el cuaderno que Picasso regaló en 1957 al editor Gustau Gili, lleno de escenas y texto alusivos a "La tauromaquia" de Pepe Illo, que está directamente relacionado con el libro ilustrado homónimo que se publicó en 1959.

 

Con información de EFE.