El Derecho Premial casi está agotado. Las instituciones oficiales que acreditan reconocimientos a ciudadanos están a la baja porque han perdido legitimidad y se han convertido en instancias que responden a intereses políticos.

Muchas veces me he sorprendido de hombres y mujeres que reciben preseas y medallas por logros que solamente los han beneficiado en lo personal. Considero que si alguien obtiene dos doctorados en ciencias y domina varios idiomas no necesariamente merece un reconocimiento ciudadano. Algo similar ocurre cuando se premia a exfuncionarios que desarrollaron alguna labor en el trayecto de una responsabilidad remunerada gracias a los impuestos de los ciudadanos.

Hay quienes atesoran reconocimientos preguntándose qué deben hacer para obtenerlos, indagando información al respecto para autoproponerse. Ellas y ellos necesitan, como si fuera oxígeno vital, el aplauso de los demás. Pero conocemos a estos individuos y hasta comprendemos su proceder porque tal vez no hayan recibido suficiente amor.

Hace años la pintora y promotora cultural Roberta Sada me compartía un comentario que les hacía a las personas que cazan reconocimientos: ¿de qué tamaño quieres la medalla? ¡Mejor planta nogales! ¡No margaritas! En tres frases Roberta ponía en claro que más que una medalla, la gente que colecciona premios debe abocarse a hacer algo por la humanidad: por el planeta. Plantar un árbol que rinda frutos.

Pero no tengo dudas de que en el mundo actual es trascendente premiar los buenos ejemplos de aquellas personas que ofrecen sus capacidades, recursos materiales o tiempo a favor de causas ajenas a su interés económico, sin el propósito de ser reconocidos. 

Conozco personas que merecen reconocimientos y, aunque no los esperan, es de justicia que los obtengan. Recuerdo a la gente sencilla que ofrece alimentos en los caminos del desierto para quienes no tienen que comer; pienso en los modestos profesores que sobreviven con su sueldo y que, sin embargo, dan lo mejor de sí mismos.

Recuerdo con respeto al Profesor Oscar Treviño Villarreal, cuyo pueblo de origen fue Bustamante. Era un excelente profesor de enseñanza secundaria. Siempre impecablemente vestido, ofrecía sus clases de Historia y de Biología preparadas con minuciosidad.

Apasionado de su trabajo el maestro Villarreal nos transportaba con sus conocimientos. Mucho tiempo después colaboró como editorialista de televisión sin cobrar un solo centavo, que fue cuando le conocí mejor. Amaba a su esposa y a sus hijos y colaboraba con ellos en las labores del hogar. De Bustamante hablaba de las anécdotas de las que fue testigo como si hubieran ocurrido un día antes.

Tenía conocimiento de muchas palabras nahuas que fueron de uso común en el habla de los bustamantenses. El maestro Oscar Treviño Villarreal fue un hombre ligado a sus raíces y de manera divertida me decía que cuando estudiante en la Normal Superior le decían el sobrenombre de “Brujo”, por haber nacido en Bustamante. 

Él nunca recibió el reconocimiento que se merecía. Gracias a uno de sus hijos conozco el lugar en el que sus restos mortales descansan en el panteón del pueblo que lo vio nacer. 

Definitivamente me gusta plantar nogales, el último de ellos fue en el cumpleaños 22 de mi hijo Nelson Emilio. Consumen mucha agua pero son sumideros de carbono y ofrecen una sombra bienhechora, además dan sus nueces a propietarios y a vecinos. ¡Plantemos nogales!