El hecho debe convocarnos a evaluar el impacto más amplio que tal circunstancia tiene. ¿Cuál es este? El de que nuestros hijos se eduquen ahora teniendo a la vista los referentes equivocados

Tras haber sido sustituido en el liderazgo de la Sección 5 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, José Luis Ponce Grimaldo pareciera haber decidido convertirse en prófugo de la justicia.

De acuerdo con información extraoficial, el exdirigente sindical se encuentra fuera del territorio de Coahuila –aunque dentro del País– presumiblemente en espera de obtener la protección de la justicia federal a fin de evitar ser detenido como lo ha ordenado un juez coahuilense.

Varias preguntas surgen de forma obligada ante la actual situación jurídica del líder gremial. La más importante de todas tiene que ver con las razones que llevaron al hoy defenestrado dirigente a convertirse en un individuo que se mueve a salto de mata.

O para decirlo en otras palabras, ¿cómo toma decisiones un individuo –cuya conducta debiera considerarse un modelo a seguir– que le hacen transitar de la posición de mentor a la de presunto delincuente?

No se trata de una pregunta trivial, porque estamos hablando de la cabeza de un gremio a cuyos integrantes confiamos la educación y formación de nuestros hijos. Estamos hablando de una figura –la del maestro– que hasta hace poco tiempo integraba el ala más respetable de casi cualquier comunidad del País.

El profesor, vale la pena recordarlo, fue largamente en México una figura de autoridad dentro de nuestras comunidades. Solía ser la persona más instruida del pueblo y su conducta constituía el ejemplo a ser imitado, no solamente por sus alumnos sino también por los padres de estos.

Recordar que el maestro tuvo hasta hace muy poco tiempo estas características es importante para dimensionar la forma en que nuestra sociedad ha sufrido la pérdida de importante valores y cómo una figura relevante de la sociedad se ha degradado a niveles preocupantes.

No es novedad, como lo hemos dicho antes, enterarnos de que en el gremio magisterial mexicano se cometan excesos y se incurra en conductas ilícitas. Pero justamente el hecho de que tal circunstancia no sea sorpresa para nadie debe servirnos para dimensionar la magnitud de lo que hemos perdido.

Que un integrante del magisterio pase, de ser un líder gremial a la posición de prófugo de la justicia, es un hecho que no solamente debe movernos a condenar a quien, aprovechando su posición de dirigente, decidió obtener beneficios indebidos para sí y sus allegados. Adicionalmente debe convocarnos a evaluar el impacto más amplio que tal circunstancia tiene.

¿Cuál es este? El de que nuestros hijos se eduquen ahora teniendo a la vista los referentes equivocados, pues quienes debieran aparecer ante sus ojos como individuos provistos de virtud lo hacen exhibiéndose como víctimas de los apetitos más vulgares.
No se trata por ello solamente de reseñar el caso de un dirigente a quien hoy se persigue por haber cedido a las tentaciones del dinero, sino de entender que en la figura de Ponce Grimaldo se sintetiza, en gran medida, el fracaso de nuestro sistema 
educativo.

Y eso es una mala, muy mala, noticia para todos.