Hasta la fecha ni siquiera los geólogos con ayuda de los programas computacionales más modernos han podido saber ni siquiera con minutos de anticipación la ocurrencia de un terremoto.

Los terremotos son en gran medida un enigma que la ciencia aún no logra descifrar.
 
Hasta la fecha ni siquiera los geólogos con ayuda de los programas computacionales más modernos han podido saber ni siquiera con minutos de anticipación la ocurrencia de un terremoto.
 
A lo más, el conocimiento previo sólo se puede tener segundos antes de que se sientan los efectos del movimiento interno de la Tierra.

El estudio científico del planeta comenzó apenas a principios del siglo XX, cuando se comenzaron a explicar los terremotos como reacomodos de las placas tectónicas de la Tierra.
 
Saber lo que ocurre dentro de la Tierra es análogo a saber cómo elegir un melón en el supermercado. Solamente con base en cómo percibimos la superficie sabemos cómo se encuentra su interior.
 
Al golpear ligeramente un melón podemos escuchar el sonido producido (ondas) y conocer más o menos su estado interno.

Este tipo investigación científica se le conoce como problema inverso: se trata de adquirir toda la información posible del interior mediante datos que se obtienen en algunas partes del exterior, a través de procedimientos no invasivos con ayuda de ecógrafos o escáneres para saber sólo segundos antes cuándo va a temblar.
 
El objetivo es estudiar las ondas al cambiar el medio que atraviesan; y con modelos matemáticos se propone la causa, un sismo por ejemplo, de esas variaciones del movimiento ondulatorio.
 
Con esta técnica se sabe de manera aproximada cómo es el interior del planeta (núcleo, manto interno y externo, corteza); cuál es su composición, temperatura y densidad.