¿Exalta la música al espíritu y por tanto al cuerpo? Así es desde el inicio de los tiempos con la voz misma, con las piedras, con el arpa, con todos los instrumentos.

¿Qué dice el lienzo desde el silencio, en aquella pared resguardada por dos oficiales? Muestra el mundo imaginado donde el paraíso se entremezcla con el infierno. Es el ánima la que se expresa siempre, la que atraviesa el mar de éter de la imaginación, toma de allí los elementos, y con maestría los comparte. Ya está. Lo vemos. Nos conmovemos. Algo cambia adentro de nosotros.

¿Qué dice el cuerpo sobre el escenario cuando se inclina a la izquierda? Tal vez quiera resguardar su corazón.

Sí. Desde distintas disciplinas artísticas los seres humanos se suman a los nutrientes de las sociedades. A veces en lugares exclusivos e inaccesibles, a veces en foros donde el polvo recorre creadores y espectadores por igual.

Los creadores son puente, son alimento, son los mensajeros, pero también son el mensaje; sirven a la idea, se entregan. Y así anda un ciudadano común por el mediodía ardiente sostenido a veces por un verso, por unos acordes memorables, o por un cuerpo sobre el escenario que dijo algo de la manera más sublime o más artera, o más arrojada;  como uno nunca ha podido.

Finos tejidos debieran urdise alrededor de estas tareas por parte de los servidores públicos. Ellos sirven a partir del pago que entregan quienes disfrutan estas creaciones; es decir, es la sociedad quien paga, y los servidores públicos también son, como los creadores, los intermediarios, en este caso del recurso que se destina; son la vía de paso. Y más, los creadores son el origen, es decir, la causa por la que existen -en ese caso particularizo- los cargos de servicio público para las artes. Y aquí las formas, los procesos, la tarea honesta, son imprescindibles -siempre y en todos los casos-.

No solo un servidor o servidora pública sino todos; no solo un gestor o gestora cultural sino todos, no solo un creador o creadora, sino todos: todos a revisión.

Lo doloroso es que en este contexto de pandemia, en donde las fronteras entre lo público y lo privado quedan más difusas, se presenten vulneraciones. Las relaciones interpersonales impelen a una exigencia: respeto. No debiera existir lugar para los gritos, las ofensas o las denostaciones. La presencia de estas conductas se aleja del fundamento del servicio público.

Hay otro elemento doloroso: esta austeridad confinatoria produce miedo -y aquí lo digo en todas las esferas-, no hay muchos que expresen si han sido mal tratados, pues requieren ser contratados. Por eso hay silencios. O también existen aquellos a quienes se les obliga a tomar partido. Doloroso.

Observemos los acontecimientos: ¿cuántas veces los creadores se han sentido maltratados, ofendidos por servidores públicos? Hay varias historias que involucran a hombres y a mujeres como servidores -esto lo digo no para ahondar sino solo para que no se considere una posición sesgada por género-. Pero insisto, más allá del drama o de la politización de una dolorosa escena ocurrida la semana pasada en esta comunidad cultural, el hecho es que sí existen además del trauma generado por los hechos, temores por parte de quienes denuncian.

¿Será posible un golpe de timón y un cambio? ¿Será que de veras puede llegarse a la reflexión de lo ocurrido? 

Es el modelo de relación el que se pone sobre la mesa, un modelo de dominación por lo que se ve, patriarcal, impositivo. ¿Qué le duele a ese modelo? ¿Por qué ofende, por qué grita?