En algún parte leí que en tiempos de crisis la verticalidad en la conducta humana se vuelve muy escasa, se lo comenté a mi amiga Laurita, que tiene la lengua que Dios guarde, su respuesta fue más o menos así: “No, está equivocado quien hace tal afirmación, aquí en México todo el tiempo ha estado disminuida”. “No muelas Laurita –le contesté–, hay excepciones”. “Mira Esther, la política mexicana apesta, por eso la gente está hasta la coronilla de los políticos. Están hartos de ver como se cambian de bando con la mano en la cintura, asqueados de su falta de lealtad a principios y convicciones, de su comportamiento ayuno de ética”. Tristemente… tiene razón, pareciera que muchos de esos hombres y mujeres hasta disfrutan poner en vidriera sus miserias, sin sentir ni un prurito de vergüenza. ¿Por qué son como aguja en un pajar los políticos cuya fuerza ideológica se afianza con una identidad que abreva en los valores aprendidos en casa a fuer de ejemplo y de práctica consuetudinaria en la raigambre del deber ser? ¿Por qué son tan escasos los políticos indóciles a la trampa de la corrupción que ha ido pudriendo a nuestro México? ¿Por qué no abundan los políticos que abominen el populismo convertido en gangrena que amputa el desarrollo integral de las personas, que condena a la dependencia eterna, a la maldita esclavitud del asistencialismo? ¿Por qué no hay políticos casados con la idea de un crecimiento sostenido que le permita a cualquier mexicano vivir acorde a su dignísima condición de hombre? ¿Por qué no hay políticos que se desvivan por construir una nación saludable, fiscalmente hablando, por cuanto eso significa para alcanzar avances importantes hacia el bienestar generalizado? ¿Por qué no hay políticos empeñados en generar administraciones eficientes y eficaces que den resultados a favor de los gobernados, y que dejen de utilizar a la pobreza como mecanismo de división y pócima de encono entre nacionales? Esto es pensar en grande, sin mezquindades, esto es transitar hacia la prosperidad; tenemos recursos en nuestra tierra y capacidades para alcanzarla, pero es indispensable para ello, la honestidad en el quehacer público, y de preferencia en manos de un estadista.

El profesor de Derecho Ilya Somin, nacido en la URSS, ha desarrollado una tesis en la que explica que la ignorancia política es un grave problema para la democracia. Plantea que la gobernabilidad democrática es responsabilidad de los funcionarios electos por los votantes, no obstante, digo yo, también el ciudadano tiene una corresponsabilidad desde el momento en que los elige y delega en ellos el tomar decisiones que obrarán en su beneficio o en su perjuicio. John Stuart Mill en sus “Consideraciones Sobre el Gobierno Representativo”, allá por 1861, recelaba de la ignorancia política de los votantes y propuso que se otorgaran votos adicionales a los más informados. Platón, muchos siglos antes, subrayaba que la democracia es una forma deficiente de gobierno porque prescribe políticas basadas en puntos de vista de las masas ignorantes; y James Madison, el cuarto Presidente estadounidense, abogó por un Senado elegido indirectamente “como defensa del pueblo contra sus propios errores e ilusiones temporales”. Somin remata diciendo que la ignorancia política constituye “… un comportamiento individual racional que conduce a resultados colectivos potencialmente peligrosos”.

El grueso de los electores en nuestro país está poco incentivado para ilustrarse en materia política, empezado por que un número importante y esto se refleja en las votaciones, sobre todo las intermedias, estima que con o sin su voto el país no va a cambiar, y que van a seguir llegando la misma caterva de vividores a los cargos públicos. La ignorancia política obedece a ese entendido catastrófico, por ende no vale la pena invertir ni tiempo ni esfuerzo en aprender y comprender la problemática política. Bajo esta premisa, pues estamos aviados. En el siglo 18 Edmund Burke, uno de los más relevantes teóricos de la época, proponía, derivado de este lastre, que los votantes debían elegir según el conocimiento y la virtud del candidato. ¿Es mejor centrarse en la virtud de los candidatos, ya que la mayoría de los votantes carecen de conocimiento para evaluar opciones complejas en materia de política pública? Votar por personas, dicen ahora, atendiendo a su trayectoria y comportamiento. Pero y ¿qué le sucede a la democracia con votantes “ralitos” de valores? Quizá, como apunta Somin, “la ignorancia política se mitiga mejor reduciendo sus consecuencias que aumentando el conocimiento político”.

¿Usted qué opina, estimado(a) leyente?

Posdata: Ya llegó Lozoya, directo al hospital. La misma farsa de la “maistra Gordillo”.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.