El rudo vaquero llegó a un hotel de la ciudad. Lo acompañaba una estrepitosa rubia cuya profesión se adivinaba a primera vista. (“No me digas en qué trabajas: se te ve la credencial”). Al registrarse el hombre firmó con una equis, pues al parecer sus andanzas por los vastos territorios del Oeste le habían impedido aprender a leer y escribir. Una vez que puso la equis procedió a rodearla con un círculo que dibujó trabajosamente. El encargado del registro le dijo sorprendido: “Me explico que firme usted con una equis, pero ¿por qué el círculo?”. Respondió el vaquero bajando la voz: “La señorita que viene conmigo no es mi esposa. No puedo poner mi verdadera firma”… Un amigo le preguntó a Babalucas: “¿Supiste que Ultimio murió de pulmonía doble?”. “¡No lo puedo creer! –exclamó el badulaque–. ¡Él, tan sencillo!”… Será difícil encontrar un hombre con mayor autoestima que Jactancio. Cuando está con una chica y sufre un episodio de disfunción eréctil le dice a la muchacha: “No te mortifiques, linda. Pero dime: ¿te pasa esto muy seguido?”… “…De noche cuando pongo mis sienes en la almohada…”. Así escribió el poeta Manuel Acuña, mi infortunado conterráneo. Y antepasado también, según descubrió mi queridísima prima Martha Sánchez-Craig al hacer el estudio genealógico de nuestra familia. Yo, cuando pongo mis sienes en la almohada (primero una y luego la otra, claro), me desvelo pensando en el destino aciago que aguarda a México, a Estados Unidos y al mundo si por uno de esos golpes de la adversa fortuna Donald Trump es elegido presidente de la nación vecina. Felizmente parece que funcionó mi advertencia en el sentido de que no pisaré territorio americano mientras ese individuo sea candidato: tan pronto se conoció mi aviso en el país del norte los bonos de Trump empezaron a bajar, lo mismo que su posición en las encuestas. No negaré que quizás hayan intervenido otros factores en ese descenso, pero pienso que mi postura influyó significativamente en la caída del republicano. Para ayudar aún más a la señora Clinton reitero ahora mi decisión de no regresar a los Estados Unidos –y tampoco a Pecos, Texas– si el mencionado sujeto llega a la presidencia. Lejos de mí la temeraria idea de pretender influir en la elección, pero si mi anuncio determina sus resultados –al menos parcialmente– no me haré responsable. Uno escribe y punto. Es como el sembrador que arroja la semilla, etcétera. Veo las encuestas y me siento más tranquilo. Preocúpese Trump, que empezó ya a moderar su ruin discurso y a admitir la posibilidad de la derrota, y desvélese cuando ponga las sienes en la almohada (primero una y luego la otra, claro)… El viajero entró al pueblo por la única calle que tenía. Le llamó la atención ver a numerosos hombres que se afanaban en cavar una zanja alrededor de la iglesia del villorrio. Entró en la casa de mala nota del pueblo, que estaba frente al templo, y le preguntó a la dueña por qué aquellos hombres cavaban con tanta prisa. Le explicó la mujer: “El condado emitió una nueva ley que dice que no puede haber un burdel a menos de 100 metros de una iglesia. Mis clientes van a cambiar la iglesia de lugar”… Empezó a sonar la música. Astatrasio Garrajarra, ebrio como de costumbre, se adelantó y dijo: “¿Bailamos, negra linda?”. La respuesta, lapidaria y contundente, fue un rotundo “No”. “¿Por qué, mamacita?” –preguntó Astatrasio. “Por cuatro motivos –fue la contestación– Primero: porque anda usted borracho. Segundo: porque no estamos en un salón de baile. Esto es un velorio. Tercero: porque el Ave María de Schubert no es para bailarse. Y cuarto: porque no soy tu negra linda ni tu mamacita. ¡Soy el cura del pueblo, cabrísimo grandón!”… FIN.