El presidente estadounidense apuesta por la diplomacia de la seducción para ofrecer seguridad y confianza a su contraparte con el objetivo de avanzar en el desmantelamiento del programa nuclear de Corea del Norte

Donald Trump se reúne por segunda vez con el presidente de Corea del Norte, Kim Jong Un. El presidente de Estados Unidos quiere concretar avances que abran una posible desnuclearización de Pyongyang y para ello no ha dudado en recurrir a la vieja diplomacia de la seducción personal para atraer a su homólogo norcoreano.

Ambos comparten una “buena química” y “una muy buena relación”. Al menos así lo expresó Trump al término de la primera reunión mantenida el año pasado en Singapur. Atrás quedaron las descalificaciones del inquilino de la Casa Blanca, cuando llamó a su contraparte “pequeño hombre cohete”, o cuando Kim calificó al presidente estadounidense de “viejo chocho”.

El inquilino de la Casa Blanca ha puesto en marcha una táctica parecida a la utilizada por Emmanuel Macron para atraer al propio Trump en el pasado. El presidente francés le invitó a una cena en la Torre Eiffel en la que estuvieron presentes sus respectivas esposas. A Trump le cautivó el apretón de manos de Macron, largo y fuerte, cuando se conocieron en persona por primera vez. Sin embargo, la magia de la seducción no le sirvió al líder francés para suavizar la postura recelosa de Trump sobre la Unión Europea.

¿Le servirá a Trump esa misma táctica para ablandar a Kim Jong Un? De momento, los observadores consideran que no existen avances significativos. Pese al tono conciliador del mandatario americano, Corea del Norte no ha cumplido con las demandas de Estados Unidos de proporcionar un inventario completo de sus programas de armas y el anuncio de medidas irreversibles para renunciar a su arsenal. Sin embargo, los avances diplomáticos suelen caminar lentamente. A Obama y a la UE le llevó siete años el acuerdo nuclear con Irán.

Detrás de las bravatas de Trump en torno a Corea del Norte y de las amenazas de que si no gana las elecciones habrá una guerra, existe una estrategia, sostienen analistas como Simon Denyer, en “The Washington Post”: “Hacer que Kim se sienta respetado y seguro ofrece una posible vía de persuadirlo para que renuncie, o al menos reduzca, su arsenal nuclear a cambio de recompensas económicas y diplomáticas”.

Joel Wit, del Stimson Center de Washington, que participó en el pasado en negociaciones con los norcoreanos, va un poco más allá y asegura: “No soy partidario de Trump en el 99% de lo que hace, pero por extraño que parezca sus instintos sobre Corea del Norte son acertados".

Más de setenta años de rivalidad en los dos países, acrecentados en las últimas décadas, especialmente cuando George W. Bush decidió incluir al régimen de Pyongynag dentro del llamado “Eje del mal”, el deshielo entre ambos países no será fácil. Antes de abandonar el cargo, Barack Obama avisó a Trump que había dado instrucciones al Ejército de desarrollar un plan de ataque preventivo para destruir los misiles norcoreanos.

Joel Wit alerta del peligro que la diplomacia del abrazo de Trump presenta en el caso de Corea del Norte. Su estilo iconoclasta y su poca atención por los pequeños detalles, unido a la falta de experiencia en política internacional del presidente, puede hacer descarrilar cualquier progreso en las negociaciones. 

La segunda cumbre se produce en medio de un estancamiento en las conversaciones de desnuclearización. Trump ha señalado cierta flexibilidad en sus demandas anteriores de que Corea del Norte se desnuclearice antes de levantar el pie sobre las sanciones internacionales. Sin embargo, Corea del Norte ha incrementado su retórica en los últimos meses al anunciar que nunca abandonará sus armas nucleares a menos que Estados Unidos elimine primero su amenaza nuclear y levante las sanciones que paralizan su economía.

Kim también está jugando las cartas aprovechando el actual contexto de fricciones entre Washington y Pekín. En la reciente visita del dictador norcoreano a China, éste trató de acercarse a Xi Jinping para que suavice la presión internacional y la política de sanciones que pesa contra Corea del Norte impulsada por EE UU. Pekín y Washington no atraviesan una buena relación debido a la guerra comercial entre ambos países, y aunque China nunca ha apoyado abiertamente las sanciones contra Pyongyang, es un actor clave en la estrategia que está asfixiando lentamente al país comunista.