Tenía tanto tiempo de no pensar en ello que lo consideraba prueba superada.

De hecho, en años recientes, la reivindicación del movimiento gay había cobrado tal relevancia que parecía que nos habíamos mudado a vivir en un universo paralelo, en el que ser “hetero” o no abrazar el estilo de vida LGBTT-BBVA en cualquiera de sus modalidades, era objeto de discriminación o por lo menos cierta exclusión.

De hecho, el mundo se volvió políticamente correcto a ultranza, lo que a decir de muchos resulta a la larga más pernicioso que los prejuicios que originalmente se buscaba combatir, pues ahora no se condenan las acciones, sino las palabras –cualquier tropezón puede significar nuestra condenación social–, por lo que el real pensar y sentir de mucha gente queda circunscrito a su fuero más interno, acumulando presión hasta que un día es liberada en forma brutal.

Pero no nos engañemos, no porque hoy en día, sólo en ciertos ámbitos, sea más duro ser blanco, heterosexual y de “buena” familia, que ser gay, pertenecer a alguna minoría étnica y provenir de algún gueto, significa que la batalla terminó y, mucho menos, que así quedan resarcidos los siglos de persecución, vejaciones y crueldad infligidos por pura intolerancia contra una buena parte de la humanidad.

Vaya, ni siquiera podemos decir realmente que el prejuicio ya se cargó hacia el otro extremo. Ello es sólo un reflejo de la hipocresía con que buscamos enmendar nuestro pasado, cuando no un mero chiste de pésimo gusto.

No, lo cierto es que aún hay mucha gente que, en el nombre de Dios, estima que es su deber emitir juicios sobre otros individuos por la manera en que estos emplean sus genitales ya sea con propósitos eróticos o afectivos.

Pero eso no es lo peor del caso. A fin de cuentas, es inevitable hacer juicios y tener una opinión para todo y para todos. Es parte de la condición humana. La opinión, dicen, es como el ombligo, todo el mundo tiene, aunque no deberíamos andarlo enseñando –siendo honestos, el dicho original no se refiere al ombligo, sino a la puerta de servicio del sistema digestivo–.

En realidad lo terrible es que las conciencias puritanas estimen que con base en dichas preferencias amatorias deben otorgarse o restringirse los derechos civiles y humanos básicos de unos y otros. Lo que sencillamente significa estimar que hay ciudadanos de primera –los que hacen el amor como a Diosito le gusta: hombre con mujer y en posición de misionero– y los de segunda, que más que amor lo que hacen es fornicar y practicar la sodomía para regocijo de nuestro Señor, Patitas de Cabra, don Satanás.

Pero ni se crea que los reaccionarios y retrógrados son todos gente mayor –o sea, sí, tienen como doscientos años de edad mentalmente–. Se sorprendería sin embargo de ver cuánto jovencito ultra-católico conservador existe. Si los pudiésemos reunir sería el sueño húmedo de las juventudes hitlerianas.

Hablando de las “Hitlerjugend” hay que ver esa preciosidad de video en el que un grupo de mocosos “trumpistas” de un colegio católico de Kentucky acosan a un nativo americano. Pero eso es otro boleto.

El caso es que en nuestro Saltillo aún causa mucho escozor que el obispo de la “Diócesesesis”, el siempre polémico monseñor Raúl Vera, haya oficiado una misa con especial invitación y dedicatoria a la comunidad LGBTT-HSBC.

Es increíble la cantidad de reacciones en contra que este modesto evento desató, sobre todo en redes sociales, en donde por medio de diatribas contra Fray Vera e injurias contra la comunidad gay, la gente del siglo 21 dejó bien clara su firme convicción en los ideales y principios de la Edad Media, fundados en la noción de que el autor de todo el Universo está bien preocupado por la manera en que cada quien consigue un poco de gratificación sexual que haga llevaderas nuestras patéticas, enigmáticas y aparentemente carentes de todo sentido, existencias.

Pero lo que más, más, más me intriga de todo, es el afán de los amigos de la LGBTT-HDMI por ser aceptados por una religión que les ha reiterado a lo largo de los siglos que simplemente no les quiere, no les abraza, no es capaz de acogerlos sin reservas o interponer empachos.

Siempre he creído que los grupos sociales tienen que pasar por distintas fases de crecimiento y aprendizaje análogas a los procesos del individuo. Y nada es indicativo de que hemos finalmente madurado como el aceptar el hecho de que no le habremos de caer bien a todo el mundo.

Ni siquiera yo que soy tan chido –¡sí, cómo no!– dejo de tener malquerientes. Es uno de los hechos de la vida. Pero ello deja tener cualquier importancia en la medida en que le restamos poder a nuestro detractor, sea éste un familiar, el hijo del vecino o una institución cuya única potestad es asegurarnos –sin aportar ninguna prueba– que ostenta la patente sobre la vida eterna, es decir, el petate del muerto y nada más.

Yo puedo entender la lucha de la comunidad gay contra la cerrazón y los atavismos en un intento por dotar de apertura a las instituciones. No obstante, yo reorientaría mi lucha por simplemente quitarle poder e influencia a las instituciones que históricamente me han demostrado su abierto rechazo.

A fin de cuentas, está de sobra demostrado que la religión necesita de la gente infinitamente más de lo que la gente necesita de la religión.

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