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Mohamed sigue sin dar en el clavo. Ni siquiera con un hombre más, Rayados pudo resolver ante Pachuca. Un deja vú de lo ocurrido en la última Final frente al mismo adversario.

Y otra vez volvieron los fantasmas de la inmadurez y de la incapacidad para sacar ventaja de una situación beneficiosa. Sin poder lograrlo, todo cayó otra vez a un estado de desesperación e impotencia, una foto que profundiza los malestares del equipo.

Rayados parece haber perdido la noción de donde está parado y el técnico también. Mohamed da señales de estar ciclado y temeroso, y ve como que las garantías se le acaban y que su única salida es abrazarse a un buen resultado. Ha entrado en una fase de emergencia, previa a la terminal.

A Mohamed ya no le interesa tanto lo que propone su equipo, sino más bien lo que dispone. Esto se traduce en que es mejor, por ejemplo, meter más delanteros para intentar llegar más rápido al gol de cualquier manera, antes que generarlos.

Algo de esto lo confirmó ese efusivo festejo del grupo y del entrenador en el gol de De Nigris. La celebración por el empate transitorio sonó a desahogo, a un grito contenido que se soltó a elevados decibeles para tapar un vacío y que al final del día sólo sirvió como un simple atenuante.

Los últimos cachetazos en fila que desnudaron la fragilidad táctica del equipo le trasladaron dudas y miedos a Mohamed, y éste se los canalizó a los jugadores. Esta vez, el DT ya no pensó de entrada en cómo ganar, sino en cómo defender. Quedó claro en ese formato de cuatro defensas, cuatro volantes, un media punta y un solo delantero nominal.

Para efectos tácticos, Mohamed salió por séptima vez con un equipo diferente. Esto habla también de la inestabilidad, de la impaciencia y de las pocas certezas que hay.

La manipulación de jugadores trae a la memoria aquel desorientado primer torneo de Mohamed donde, a falta de resultados colectivos, todo operó en función de las coincidencias individuales y de los aciertos ocasionales.

Seguir buscando sociedades y una flexibilidad táctica en pleno partido los pone en un estado de infertilidad.

Rayados tendrá jugadores probados, pero no necesariamente resultan ser compatibles en lo colectivo. Cada quien busca cumplir –caso Sánchez, Cardona o Gargano-, y cree que con lo que hace cada uno alcanza para reforzar el alcance del equipo.

Además, esa diversificación de planteamientos mal encausados trae trastornos emocionales y futbolísticos. Lo primero tiene que ver con el temperamento desmedido, la desesperación, los arrebatos para definir, la actitud, el confort y la falta de carácter para el trato de las jugadas.

Lo segundo está asociado a la falta de concentración  que deriva en recurrentes omisiones. ¿Te puede meter un gol un jugador que traslada 50 metros un balón (Árabe Unido)? ¿Te pueden fulminar las bandas en cuestión de minutos (Pumas)? O ¿te pueden anotar un gol de tiro libre cuando estás armando la barrera y sin un jugador que se pare delante de la pelota (Pachuca)?

La conclusión es simple: Mohamed, antes de ilusionarse en estar entre los mejores ocho para “salvar” su conducción, quizás deba revisar todos los efectos negativos que ha instalado en un equipo que no tiene fondo, pero que también hoy ya ha perdido la forma.