Entrañable, conmovedora, evocadora, simbólica. Esto fue para muchos “Roma”, de Alfonso Cuarón. El escritor Alberto Manguel en entrevista en TV UNAM con Benito Taibo, hace unos meses, describió con claridad cómo el pensamiento reacciona de diferente manera a los estímulos: grupos de neuronas que trabajan distinto, que perciben en otro nivel. Un grupo de ellas reacciona de forma especial ante la poesía mientras otro lo hace particularmente diferente ante el horror.

Para el caso de “Roma” la película ofreció un sinnúmero de posibilidades que cada espectador descargó y aplicó desde su personalísimo bagaje. Cada grupo de neuronas hizo o no conexión con lo que apareció en pantalla y cumplió o no con las expectativas. De ahí, la adhesión de muchos y, en el extremo opuesto, el desapego de otros.

Me uno a las voces de la adhesión. Un filme entrañable. Y está ello en él, en esta percepción, principalmente por Cleo, interpretada por una mujer oaxaqueña a la que, en la misma premiación de los Oscares pudo apreciarse, la definen orgullo, dignidad y una dulce sencillez con que mostrarlo.

Cleo y sus silencios. Sus largas miradas al paisaje cuando va dentro del Galaxy que conduce a la familia de regreso de Veracruz. Ella, en ese mismo auto, cobijando con sus brazos a los niños por quienes estuvo dispuesta a dar la vida.

Son sus andares, ágiles y resueltos, en pos del hijo de la familia que se había adelantado por las calles de la Ciudad de México cuando irían al cine, y ese mismo silencio en un instante posterior al percatarse por accidente de la infidelidad del padre; es ella el día que tiene libre y usa su libertad haciendo carreras con su compañera del trabajo en casa para alcanzar una fonda donde comer una torta.

Conmovedora: la misma Cleo a la que le rompieron las esperanzas y el día en que la familia va al mar se rompe y confiesa, luego haber salvado a los hijos de la casa, su pena y dolor íntimo por la muerte de su bebé. Emblemático momento de esa escena culminante, cuando todos se funden en un abrazo que da idea de una roca en forma de corazón, formando con sus cuerpos la letra A, de la palabra Amor, la misma que lleva en sí a “Roma”.

Evocadora, simbólica. Son los años setenta tan espléndidamente fotografiados por Cuarón. Dulce evocación en la suavidad con que se desplaza la cámara la noche en que Cleo va apagando las luces de la planta baja de la casa. Registros en la memoria del corazón, aquellos hogares de amados parientes o incluso el nuestro: la forma de la escalera, la distribución de los espacios interiores, la omnipresencia de los libreros y el acomodo del comedor.

Lo que aún quedaba en nuestra memoria: el agudo, inconfundible, timbrar del teléfono; las voces salidas de la radio y las imágenes de la televisión: la rutina de cada domingo. El pastelillo nombrado, la botella pequeña del refresco, los cereales y una barra de pan, dispuesta al acaso, medio abierta, en un momento del desayuno.

Es “Roma” más: la indignación por los hechos de junio del ‘71, la preparación militar para sofocar cualquier levantamiento en un orden de cosas establecido.

Esto que da sustento a la obra de Cuarón se fortalece con la elección del blanco y negro, ya de por sí excelente decisión para el largometraje completo: se acentúa la tragedia y nos hace testigos de primera fila de un hecho que, aunque nos haya tocado en la infancia de un pasado lejano, se nos presenta tan en vivo ante nuestros ojos, despojado de cualquier idea imaginaria preconcebida.

El tiempo cubre con decantado polvo la memoria. Esta obra de Cuarón nos permite sacudirlo y refrescarla. Nos dota de emociones, nos da esperanzas y nos traslada a la reflexión.

Que no se repitan hechos crueles, cargados de sadismo, y que la mirada de esperanza que deja el latir de Cuarón y cada entrañable personaje de este filme la entendamos un día los mexicanos.