El uno, creador de la obra que inauguró la novela de no ficción, la aclamada “A Sangre Fría”; el otro, un arquitecto genial, considerado el mejor de México, creador de bellas cuanto trascendentes obras en la capital de la República y de un apasionado concepto de arte.

Truman Capote y Luis Barragán. La información sobre lo que se ha dispuesto hacer con sus restos se ha convertido en noticia en los últimos días. Del primero, puestas sus cenizas en subasta; y del segundo, convertido en el diamante de un anillo de compromiso.

Tras la muerte de Capote en 1984, sus cenizas fueron a parar a la casa de Joanne Carson, esposa del presentador Johnny Carson, ambos amigos del escritor. Allí permanecieron muchos años. Fueron sustraídas en dos ocasiones, y en las dos, recuperadas. 

Luego de fallecer la mujer el año pasado, se pondrán en subasta por la casa Julien, cuyo presidente asegura haber estudiado “las implicaciones éticas” y estar 100 por ciento seguro de que al escritor, por su afición a los titulares y a la notoriedad, le encantaría el interés que se genera con esta información. Entonces, dice, por todo ello piensa que la venta es moralmente “aceptable”.

Contrario a la personalidad de Capote, Luis Barragán no era de aquellos que buscaran llamar la atención. Elena Poniatowska, quien lo entrevistó en numerosas ocasiones, indignada con la noticia, recuerda en un artículo de La Jornada publicado hace unos días, un diálogo sostenido con el arquitecto, en el cual expresa que nunca buscaba el reconocimiento. Al interrogarlo sobre si sentía ser reconocido en México, expresó con firmeza: “Mira, no me digas reconocido, porque yo no espero que me reconozcan, soy simplemente más conocido en Estados Unidos que en México: nunca he buscado reconocimiento y siempre he recibido honores”.

En el caso de Barragán, está el supuesto interés de la artista Jill Magid en los archivos de Barragán, actualmente propiedad de la pareja Zanco-Fehlbaum, que los adquirió por tres millones de dólares.

Jill, de 43 años, trabaja en un proyecto multimedia con los archivos de Barragán, donde se ha enfocado al estudio de los derechos de autor y de propiedad intelectual. Un nuevo capítulo para ese proyecto lo constituyó, junto con un video titulado The exhumation y una serie de caballitos de plata, la creación del anillo con los restos de Barragán. En virtud de que la familia dio la custodia de los restos al Gobierno de México, lo que siguió no tuvo mayor problema para la artista. Consiguió de la propia familia el aval moral para fabricar el diamante con las cenizas de Barragán, y luego el permiso del Gobierno de Guadalajara, de abrir la tumba en la Rotonda de los Jaliscienses Distinguidos. La autorización vino desde la Secretaria de Cultura de Jalisco, del Gobernador y del Congreso de ese estado.

Cristalizados en 2.02 kilates, para ir a parar como oferta de trueque por los archivos con la directora de la Fundación Barragán, Federica Zanco.

Se salvaron en los dos casos los impedimentos legales para ir de un lado a otro con los restos de ambos personajes. Un asunto de ética, pensaría uno. Tema en el cual lo que se requiere destacar es el sentido moral de quienes participan en el trasiego poco escrupuloso de restos humanos.

¿Hasta dónde es posible degradar la dignidad humana? Pensaríamos quizá que se habría visto todo. Pero acciones de mercado de esta naturaleza, disfrazada la del caso de Barragán por un tema de interés intelectual o artístico, nos llevan a pensar en una sociedad que al parecer no tiene remedio. Ni hablar.