Especial

Terminé de llegar al feminismo el pasado 08 de marzo mientras retumbaba la voz de miles de compañeras en mi cabeza: “Señor, señora, no sea indiferente…”.

He sido una promotora de las causas feministas desde hace seis años cuando la maternidad llegó, entonces yo estaba empeñada en romper el techo de cristal que me alejaba de los puestos directivos a fuerza de horas extra, trabajo remoto y disponibilidad eterna.

De un día para otro me vi con una pequeña en brazos, el inmenso peso de una casa y única responsable de los cuidados de un adulto mayor hasta que una mañana, cuando realicé la diaria operación mental de ponderar si valía la pena continuar, la balanza por primera vez se inclinó por presentar mi renuncia laboral.

Habían pasado cinco años sin un aumento o cambio en mi posición en la empresa y sabía que podría continuar así muchos años, mientras que mi pareja podía mantener el ingreso de la casa, no tenía inconveniente en que me hiciera cargo del hogar, pero ese nunca fue mi plan.

Desde el primer día busqué retos, recibí propuestas laborales que me obligaban a elegir entre criar o trabajar. Todo el mundo me dijo que no se puede todo y yo quería todo, así que derivado de aquel empeño hice un estudio sobre las posibilidades de conciliar la vida laboral y familiar en México.

Mi sorpresa fue grande al abrir la cloaca, me vi inmersa en un mundo de estadísticas y casos que me avisaban el laberinto sin salida de ser mujer en México. Todo fenómeno teórico, desde la brecha salarial hasta la segregación laboral era precedido y seguido de una realidad más cruel, que se vivía a lo interno de los hogares mexicanos, una violencia que comenzaba con lo económico, y seguía de largo en ocasiones hasta la violencia física.

Entendí que cuando una mujer se informa sobre la realidad que vive, comienza su camino al feminismo que es uno sin regreso. Yo terminé de recorrerlo este 8 de marzo cuando por primera vez acudí a la marcha feminista.

Apenas el año pasado estando convencida de la importancia de estas causas afirmé desde la cobardía de Facebook entonces mi única trinchera: “Considero que una marcha no es mecanismo eficiente para impulsar la causa, participar en la economía y educar me parecen los mecanismos idóneos”, hoy que regresé a mi propio dicho vi cuan errada he estado.

Como en aquel momento me lo hicieron saber participar de la marcha: “No es excluyente yo también participo, educo y me manifiesto”. La marcha puso sobre la mesa de cada hogar y hasta en las pláticas más masculinas de una sola vez y por todas, los mil temas que revelan la injusta realidad de la mujer mexicana.

El caminar de miles de mujeres gritando “Justicia”, hizo al mundo saber que no tendrán ya jamás la comodidad de nuestro silencio. Entonces cuestionaba dos puntos, para mí, medulares más pertenecientes al orden de la forma que del fondo. Hace un año opiné: “Lo que no me gusta es que volvemos a caer en esta tontería de evento para mujeres, sin los hombres no se puede llegar a la equidad, debería ser una invitación abierta” Y una feminista me respondió: “Una marcha sin hombres porque necesitamos espacios para mujeres, los hombres ya tienen muchos…”.

Yo entendí la valía de ese razonamiento el pasado domingo, justo en el punto donde convergen la calle de Victoria y Xicoténcatl, ahí me resultó claro que un contingente mixto haría que la poderosa y femenina imagen que por si sola conmocionó a México en los días pasados, perdería toda su fuerza. Los hombres, padres, hijos, hermanos tienen otras formas  más efectivas de sumarse, sin debilitar el movimiento. La primera y a mi juicio la más fácil y efectiva, es tener el valor de incluirse con la mente abierta, como niños, en un curso de “Nuevas Masculinidades” dispuestos a reaprender la función de su género en la crianza y el hogar.

Durante la marcha, justo frente al Edificio histórico que antes era el Hotel Coahuila, una mujer encapuchada con un bote de pintura y una plantilla puso una leyenda en rojo que decía: “Se va caer”, casi avanzo para pedirle que no lo hiciera pero me bastaron unos metros para perderle la empatía al mármol y al pavimento y mi mente comprendió que bastarían un poco de solvente y medio litro de pintura para resolver el problema pero que la piel, los huesos y los corazones de miles de mujeres mancilladas no tienen solución. Si a eso le sumamos que me resulta imposible y poco objetivo perder de vista la manifestación ordenada y civilizada de más de 2 mil mujeres para enfocarme en el acto una sola, entenderán que la idea de no manifestarse en los edificios perdió totalmente valor en mi haber.

Esta es una manera sentida y sonora de pedir  una disculpa a quienes se luchan por esta causa antes que yo siento llegar después, pero no por eso tarde. Siento haber emitido juicios fáciles y expeditos desde el pacífico exterior. Quiero que sepan compañeras que me afirmo feminista, sé que falta mucho por aprender y que sin duda en el camino existirán posturas, actos e ideas que no comparta totalmente, pero aquí mismo sello el compromiso de escuchar abiertamente todas las razones antes de fijar una postura, pero sobre todo escucharlas desde dentro y de hacer comprender a aquellas que están afuera, que esta es la lucha de todas y a todas representa.

Yolanda Montes

Experta en prospectiva estratégica enfocada a la economía.

Directora de Hermes Industrial Services.

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