Dedicamos más tiempo a los corruptos y criminales que a quienes convierten sus vidas en cátedra de congruencia ética. Eso es un error.

En noviembre pasado murió Rodolfo Stavenhagen. Su vida fue una conferencia magistral sobre la manera como un intelectual público armoniza rigor académico y compromiso práctico. Nació en Alemania pero tomó una opción preferencial por México, expresada, entre otras formas, en su apasionada entrega al estudio y defensa de los pueblos indígenas. Lo hizo desde El Colegio de México, su institución de toda la vida. 

Rodolfo creó en 1984 con Mariclaire Acosta la Academia Mexicana de Derechos Humanos (AMDH). Este organismo tuvo un papel destacado en promover un concepto que golpea de lleno la cultura autoritaria. La Academia se distinguió por su énfasis en enfrentar las causas que provocan las violaciones estructurales y por su capacidad para sentar en la misma mesa a académicos, funcionarios y activistas.

Rodolfo y Mariclaire convocaron a Sergio Méndez Arceo y Jorge Carpizo, Lourdes Arizpe y Héctor Fix Zamudio, Rosario Green y Héctor Cuadra, entre muchos otros. La Academia pudo haberse convertido en una tertulia de eruditos que debatían sobre las distintas generaciones de los derechos humanos. Hizo eso y mucho más porque Rodolfo demostró que se podía dialogar con el poderoso primero para confrontarlo después con las verdades incómodas. Dos episodios privados muestran el temple de Stavenhagen.

El fraude electoral de 1988 polarizó a México, y yo estaba entre los indignados con el ultraje. Cuando Carlos Salinas de Gortari era presidente electo tendió algunos puentes hacia la sociedad organizada e invitó a una reunión a la mesa directiva de la Academia. Imposible negarse porque una parte de la AMDH estaba formada por funcionarios. Por ser miembro del Consejo de ese organismo, Rodolfo me invitó a participar. Acepté advirtiéndole que hablaría del fraude electoral porque, después de todo, los derechos políticos también son derechos humanos. En lugar de pedirme mesura en un tema que irritaba profundamente al presidente electo, me dijo que le parecía sumamente pertinente poner el asunto sobre la mesa. Llegado el día hice el señalamiento, y Salinas me respondió con una frase hecha: “tomo en cuenta su opinión”, mientras me lanzaba una mirada gélida y me volteaba la cara. Después de la reunión, Rodolfo me sonrío y dijo: “bien hecho”.

Semanas después de aquel encuentro, Salinas tomó posesión, y ese mismo día fuimos convocados para el 2 de diciembre de 1988 a una comida con Fidel Castro en la residencia del embajador de Cuba. Castro había desconcertado a una parte de la izquierda mexicana por la manera como participó en la toma de posesión de Salinas: lo aplaudió y se olvidó de la deuda que tenía con las izquierdas.

La invitación precisaba que sería una reunión pequeña pensada para el intercambio de ideas. Nos encontramos con un evento multitudinario que impedía cualquier diálogo. Dicho esto, resultó fascinante atestiguar el interminable monólogo del legendario Fidel sobre sus andanzas en el México de los años cincuenta.

En el momento de las despedidas Rodolfo hizo uso de su luminosa sonrisa para lanzar una pregunta incómoda: “Comandante, ¿y qué nos dice sobre los presos políticos en Cuba?”. El cubano tuvo la misma reacción que Salinas: se le endureció el semblante y le dirigió a Rodolfo una mirada gélida y pronunció un lacónico “en Cuba no hay presos políticos”, acto seguido nos daba la espalda y dejaba a Rodolfo con la mano extendida. Cuando salimos de la residencia le regresé el cumplido a Stavenhagen: “bien hecho, Rodolfo”. 

La viuda de Rodolfo, Elia del Carmen Gutiérrez Ortiz, recibió del presidente Enrique Peña Nieto el Premio Nacional de Derechos Humanos 2016. De haber vivido, ¿qué le hubiera dicho Rodolfo? Seguramente habría mencionado a las legiones de víctimas de una guerra conducida con estrategia errada y el olvido en el que siguen  los indígenas.

La vida de Rodolfo deja un buen sabor de boca. Con encuestas en mano puedo demostrar que somos más los mexicanos decentes que los delincuentes y corruptos. Interioricémoslo, y en esta pausa navideña preparémonos para demandar un alto a la corrupción y un cambio en la estrategia de combate a la violencia criminal. Que 2017 sea el año de la sociedad movilizada.

@sergioaguayo