El comportamiento del líder de la nación más poderosa del mundo es preocupante: su último desliz mediático amenaza la libertad de expresión y es una mala broma de la cual nadie tiene planeado reírse

Para nadie puede ser una sorpresa, a estas alturas, que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, realice actos alejados por completo de lo que clásicamente se ha considerado como “lo esperable” de un mandatario que dirige la nación más poderosa del mundo.

Pero una cosa es que el magnate neoyorkino no sea un “clásico” ocupante de la Casa Blanca y otra muy distinta que su conducta se aproxime peligrosamente a la de un pandillero.

Y eso es justamente lo que el fin de semana anterior hizo el actual ocupante del Salón Oval cuando decidió subir a su cuenta de Twitter un video en el cual se ubica a sí mismo “tacleando” a la cadena de televisión CNN con la cual mantiene públicas diferencias.

Las implicaciones del video, en el cual aparece él mismo, van mucho más allá de lo anecdótico, pues la imagen lo ubica como alguien que no dudaría en utilizar la violencia física –si eso fuera necesario– para combatir a un medio de comunicación que le resulta “incómodo”, por decir lo menos.

Por otra parte, el hecho de que él mismo haya puesto en circulación la imagen obliga a la realización de múltiples cuestionamientos respecto a la forma en la cual prioriza su tiempo quien tiene a su disposición los códigos de lanzamiento de misiles nucleares capaces de destruir varias veces el planeta entero.

La actitud peleonera de Trump no es nueva: la ha mostrado abiertamente desde que era candidato y claramente eso le ganó votos de camino a la Casa Blanca. Pero una cosa es ser candidato y otra muy distinta gobernar con una hoja de ruta que implica usar el poder para golpear a los medios y con ellos a uno de los más importantes derechos de cualquier sociedad democrática: el de la libertad de expresión.

Por ello, la imagen puesta en circulación por el mandatario estadounidense no puede considerarse sino perturbadora y el preludio de tiempos difíciles. Y cuando hablamos de tiempos difíciles no se trata solamente de quienes se desempeñan como comunicadores.

Porque la idea de que, una vez “colmado el plato” de Trump, él puede decidir cargar en contra del adversario, derribarlo y “someterlo” implica, en términos prácticos, una amenaza directa en contra de todo aquel que esté dispuesto a mantener abiertas discrepancias con el mandatario.

No se trata de un asunto trivial. Lo que Trump ha hecho en esta ocasión es mucho más que una gracejada o el más reciente berrinche de un enfant terrible acostumbrado a salirse con la suya.

Por eso mismo, el acto merece una respuesta contundente más allá de cualquier ambigüedad. Y esa respuesta no puede ser otra que la determinación del mundo entero de defender, a cualquier costo, la libertad de criticar a quien ejerce el poder y de hacerlo de acuerdo con las reglas que el mundo democrático se ha dado para ello.

Eso implica, por supuesto, dejarle claro a Donald Trump que su idea de lo “modernamente presidencial” es una malísima broma de la cual nadie tiene pensado reírse