Me acordé de aquel chiste que hiciera famoso el legendario Leopoldo García Benítez, mejor conocido por su álter ego farandulero, Polo Polo, sobre el tipo aquel que, tras una vida de excesos y parrandas, promete arrepentidísimo a su mujer recomenzar su vida como un hombre completamente nuevo.

En su primer día de su nueva vida, David o “Deivid”, que así se hará llamar de ahora en adelante, se levanta temprano, se ejercita con gran sacrificio y se va a trabajar con una actitud tan positiva que termina por convencer a su desencantada mujer. Sin embargo, en vez de volver a la hora prometida, no lo hace sino pasadas las cuatro de la mañana completamente ahogado en alcohol.

¿Y qué pasó con aquel nuevo hombre de en la mañana?

“¡Qué crees!”, le informa hasta el zoquete aquel hombre renovado a su mortificada esposa,  “¡Que al Deivid también le encanta el edo!”.

Así con el régimen en ciernes. Hablamos sin duda de una nueva era de la vida nacional. Una nueva página que comienza de hecho un capítulo entero en la Historia de México.

Nomás que, para ser honestos, el nuevo episodio se va pareciendo un chingo al capítulo anterior.

Y cada vez más. Todos los días nos enteramos de una promesa que al parecer quedará incumplida, un funcionario prepotente o abusivo del nuevo grupo hegemónico, una decisión arbitrariamente impuesta sobre la voluntad popular –y no hablo del tren ni del aeropuerto– y un revés en el discurso que termina por “resignificar” por completo lo dicho en campaña.

No, pos… parece que al “Deivid” también le encanta el edo.

La próxima vez que nos leamos, si es que de aquí al martes no se suprime la libertad de prensa por una decisión ya sea autocrática o bien, emanada del pueblo bueno y sabio, vía consulta ciudadana, Andrés Manuel López Obrador será el quincuagésimo octavo Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, le plazca a quien le pese y le duela a quien le regocije –en realidad podría haber otras eventualidades de aquí a entonces, pero no quiero enrarecer la imaginación con truculencias–.

Y con esta última gema, la “Cuarta Transformación” está, como el guante de Thanos, por fin completa y lista para ser usada: a.- para el bien; b.- para el mal; c.- con ganas de hacer el bien pero provocando sólo pena y desgracia; d.- con ganas de joder, pero haciendo el bien por pura y colateral chiripada –esto último no pasará ni en un millón de años, así que ni nos engañemos–.

En favor del próximo Presidente de México, puedo decir que al menos emana de un indiscutible ejercicio democrático. Creo a pie juntillas que las dos únicas elecciones del último siglo, en las que la voluntad de los mexicanos se impuso sobre los designios de sucesión del Estado, son los comicios del 2000, que le otorgaron el triunfo a Vicente Fox, y los de julio pasado –refútelo si quiere, de momento eso no es trascendente–.

Creo también que AMLO, por suerte, no está obsesionado con amasar una fortuna, como si pensara reencarnar nueve veces, a costa del tesoro nacional o el tráfico de influencias. Creo que quiere que México salga de su catatonía y comience una rehabilitación que, admitámoslo, no puede estar exenta de dolor y penurias ya que entre todos –sin excepción– nos hemos encargado de sangrar a la Patria hasta dejarla comatosa.

Tan le creo que voté por él –y es la primera vez en toda mi parrandera vida que ocupará un cargo gubernamental alguien por quien yo haya votado–. Y si todas mis razones no le convencen, al menos concédame que estadísticamente es probable que yo haya tomado una mejor decisión que todas las que antes se tomaron. Pero, al igual que en las relaciones, elegir gobernantes siempre es una apuesta y entraña ciertos riesgos.

Insisto, creo en su buena voluntad y quisiera que tuviera la razón en –maldita sea– absolutamente todo. Sin embargo, creo al mismo tiempo que puede estar equivocado en muchísimos de sus conceptos, preceptos, ideales y decisiones; que hay poderes en México y en el mundo que superan por mucho la figura presidencial y que está forzado a negociar con muchos de ellos; creo que le pueden dejar un País minado y que enfrentará a una oposición intransigente; creo que en su propia bancada y gabinete hay tanta escoria como en el PRIAN; creo que puede obstinarse por la senda del autoritarismo, lo que no me quita el sueño porque de allí venimos, aunque sí me preocupa una ruptura con el diálogo que derivase en crisis social y económica y, en síntesis, creo que se puede hacer mucho mal queriendo hacer el bien, sobre todo cuando no hay método riguroso y se actúa motu proprio.

Finalmente: ¿Qué si creo que nos pueda llevar a un proceso de venezolanización –dicho sea con todo respeto para los hermanos de la República Bolivariana de Nicolás Maduro–?

Realmente no. Y aquí sí, no se crea que por un voto de confianza en el nuevo titular del Poder Ejecutivo y Comandante Supremo de nuestras Fuerzas Armadas, sino porque, pese a todo y muy en contra del sentido común, creo en que los mexicanos jamás lo permitiríamos.

Si usted tiene dudas en el nuevo gobierno, bienvenido, pásele, somos un chingo. Si tiene fe ciega en el Presidente entrante, le conmino a que madure más allá de la adolescencia civil. Pero si desea que le vaya mal sólo para arrogarse la razón, o que sus creencias cobren relevancia, o para que su partido tenga una nueva oportunidad, usted es un cretino, un mezquino de porquería y un mal mexicano.

Nos leemos, si todo sale bien el martes, en la primera columna de la era d. P. –después del Peje–.

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