Era respetado en el pueblo, pero se le temía. Un hombre que se abrigaba de los pies a la cabeza y mientras más ropa llevaba se sentía mejor. Sus conciudadanos le veían con extrañeza, sin embargo, sus opiniones sobre cualquier cosa les parecía lo más acertado y entonces seguían ciegamente sus consejos.

Su nombre era Belikov, personaje del cuento “Un hombre enfundado”, de Antón Chéjov. Si a él le parecía mal cómo se conducía un miembro de la sociedad, de acuerdo a un personal sistema de valores, transmitía de tal modo sus aprensiones a sus colegas que éstos, aunque perplejos, se dejaban influenciar por él y terminaban haciendo lo que Belikov insinuaba se hiciera. 

Bastaba una expresión suya en contra de quien creyera había violentado unas normas que él tenía 
como sagradas, para que todos se inclinaran a su favor.

Termina Belikov enamorándose de una bella mujer, hermana de un profesor que llega al mismo colegio donde él era maestro. Por extraño que pudiera parecer, debido a la peculiar forma de ser del profesor, iba muy bien la relación, alentada por sus colegas y la gente que lo rodeaba, hasta que un día, durante una excursión escolar, vio a la mujer en bicicleta, junto a su hermano.

¿Cómo era posible que tal cosa hiciera una mujer? “Acaso los ojos me han engañado? ¿Es propio de un profesor y de una mujer pasearse en bicicleta?”, se preguntó. Se puso tan mal que no terminó la excursión y se fue a su casa. Al día siguiente, encaró al hermano. Más enfundado que nunca, le echó en cara que no era bien visto que él ni su hermana se pasearan así. Pero… por primera vez, escuchó a alguien que lo retó. “¡Ay de aquél que se permitiera intervenir en mis asuntos!”, le dijo.

Belikov se marchó disgustado a casa. Enfermó y, pasado un mes, falleció.

La gente del pueblo acompañó el féretro. Rodaron algunas lágrimas de su prometida Varenka, pero al final, los habitantes reconocieron secretamente que con su muerte habían ganado libertad.
La libertad, dice Chéjov, como en los años de infancia, “cuando las personas mayores se ausentaban y nos dejaban por algunas horas o por algunos días en completa libertad”.

Me pregunto, ¿cuántos hombres enfundados hay alrededor nuestro? ¿Cuándo, nosotros mismos nos convertimos en esos hombres enfundados? Listos, en el primer momento, para vulnerar un valor fundamental del ser humano que es la libertad. “La libertad, que da alas al alma”, reitera Chéjov.

En la vida familiar, en la académica, en la social: dispuestos siempre a acotar las libertades de los demás, en aras presuntamente de bienes colectivos: aquellos que establecen normas de conducta que han de seguir los familiares, los amigos, los colegas, apelativo este ahora tan de moda, que va desde la implantación de la uniformidad en las maneras de presentarse ante la sociedad, hasta la de pertenecer a un clan, y, por lo tanto, a distinguirse ilusoriamente del resto de la humanidad por tan “noble privilegio”.

El cantautor español Joan Manuel Serrat evoca los mejores pasajes de su infancia cuando disfrutaba, en un pueblo apartado de la ciudad, los soleados veranos en completa libertad, lejos de los deberes del año escolar.

Walt Whitman, en su bello Canto a mí mismo, no hace sino evocar sonoramente, desde donde esté, un canto a la libertad.

¡Qué deseable sería que la libertad no tuviese que vivirse cada día como una conquista contra el hombre enfundado! ¡Si tan solo entendiéramos bien que nuestra libertad ha de andar con un solo límite a cuestas: el de no pegar al de enfrente! Respirarla, entonces, sí, a pulmones llenos y capaces de defenderla, que a fin de cuentas es un valor que cada uno lleva en su propia existencia y de ésta, como dice alguien, no tenemos que rendir a nadie cuentas, excepto a nosotros mismos.