El mes pasado se agregó un lustro a los tres siglos del natalicio de María Ignacia de Azlor, coahuilense nacida en General Cepeda y precursora de la educación de la mujer mexicana. Fue hija de los segundos marqueses de San Miguel de Aguayo, descendiente en cuarta generación del conquistador Francisco de Urdiñola, fundador del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala contiguo a Saltillo. Sus antecedentes familiares son de interés para la historia de Coahuila y del País, porque su fortuna, forjada en estas tierras por sus antepasados conquistadores, la dedicó a la fundación de un convento escuela que con autorización de la Corona española trajo a la Nueva España y estableció en la capital del virreinato. El Convento de La Enseñanza y Colegio de María, fue la primera escuela pública gratuita para niñas y jóvenes en México, y la mejor y más concurrida de su tiempo.

María Ignacia respondió a la Ilustración y a su siglo, el de las luces. Fue una mujer informada y culta, nada común en las mujeres del siglo 18. Su deseo de transformación y mejora de todos los aspectos de la vida humana marcó su vida. Conforme a su vocación, se hizo religiosa de la Compañía de María en España para traerse esa orden, versión femenina jesuita, a la Nueva España y ayudar a la educación de las mujeres mexicanas. En ese tiempo, era la única orden religiosa femenina que en el acto de profesión agregaba el voto de enseñanza a los tradicionales votos de pobreza, obediencia, castidad y clausura, y las mismas monjas eran las maestras de sus escuelas, cuando otros conventos empleaban a seglares para la enseñanza. Los sermones pronunciados en las dos ceremonias de la toma de hábitos de la monja coahuilense la nombran repetidamente una mujer “de las más celebradas en capacidad”. Las coplas compuestas para la ocasión la comparan con su antecesora, la célebre Sor Juana Inés de la Cruz. Esto confirma que, si bien no dejó obra escrita, María Ignacia fue una monja ilustrada y preocupada por enseñar a las niñas algo más que la costura y la cocina.

En la Nueva España, los coros de monjas cantaban las misas, los alabados y las letanías en sus iglesias, y bien interpretada, la música daba lustre al convento y marcaba la concurrencia a sus oficios. Recientemente se ha mencionado y se estudia el genio musical que pudo haber poseído María Ignacia. Su talento de violonchelista pudiera quizás darle también título de promotora de la enseñanza de la música en las escuelas de niñas.

El Convento de La Enseñanza inició en México la aparición de las comunidades religiosas modernas al abrir su claustro para las niñas e imponer su finalidad primordial de la enseñanza a la vida contemplativa de los monasterios femeninos. A los tradicionales puestos encargados a las monjas en los conventos: priora, subpriora, procuradora, portera, ropera, campanera y enfermera, el monasterio de María Ignacia añadió la novedad de los puestos del servicio escolar: maestra de clases, portera de clases, maestra de colegialas y bibliotecaria.

La monja coahuilense abrió las puertas de La Enseñanza a niñas y jóvenes de todas las condiciones: indias vulgares y caciques; mestizas; españolas criollas y peninsulares; nobles, pobres y ricas. Y también mostró compasión por sus compatriotas más desprotegidos: en su testamento dejó una manda para que una vez pacificada en su tierra “la apachería”, los indios que peleaban sus territorios, se fundase una misión para desterrar “las tinieblas de la gentilidad de los desdichados indios de aquellos parages”.

La condición religiosa de su obra educadora en favor de la mujer no demerita la relevancia histórica de esta notable coahuilense, fundadora de la primera escuela pública gratuita para niñas y jóvenes en México, y posiblemente también precursora de la enseñanza musical en la instrucción ordinaria en las escuelas mexicanas para niños.