¡Qué pérfida era Rosario de la Peña, la musa de Manuel Acuña! ¡Qué desleal! Nada sentía por el poeta: ella era rica, hermosa, inteligente, de muy buenas familias. Él, en cambio, era pobre, feo y humilde. Y sin embargo le dio falsas esperanzas de amarlo algún día. A aquella mujer -¿cómo a todas?- le gustaba estar rodeada de admiradores, y a ninguno quería perder en torno suyo.

Acuña, así autorizado, siguió cortejándola. Cuando su drama “El Pasado’’ triunfó en el teatro fue corriendo a casa de Rosario, se arrodilló a sus pies y le entregó la corona de laurel que había recibido. Por cierto en ese momento “El Nigromante’’ estaba de visita con Rosario. Al ver lo que hacía Acuña salió muy molesto de la habitación. Celos, puros celos.

Por cierto, no debería haber en Saltillo una calle con el nombre de Guillermo Prieto. Este señor fue la causa inicial de la muerte de nuestro poeta. Era hombre chismoso don Guillermo, y aunque se decía amigo de Acuña traicionó su confianza. Un día le dijo a Rosario:

-Estoy enterado de que Manuel te corteja. Debes saber que tiene relaciones con dos mujeres: una poetisa y una lavandera. Es más: de una de ellas se le acaba de morir un hijo hace poco tiempo. Así que tú sabes lo que haces.

Cuenta Rosario:

-Esperé la acostumbrada visita nocturna de Acuña. Cuando estuvimos solos le dije: “-¡Qué tal si me he creído de sus palabras! Me engañaba usted ocultándome sus amores con dos mujeres. Lo sé todo. ¿Se atreverá usted a negarlo?’’. Bajó la cabeza avergonzado y contestó: “-Es cierto, Rosario. Es la verdad’’. En eso llegaron otras personas. Se dirigió él a una mesa y se puso a escribir febrilmente. Por la nerviosidad manchaba con sus mismos dedos el original que iba escribiendo. Cuando terminó me acerqué a la mesa. Tomando él su sombrero para marcharse me dijo: “-Lea usted esto, a ver qué le parece’’.  

Así nació el “Nocturno’’.

Recuerda Rosario:

-La víspera de su muerte, esto es, la noche del 5 de diciembre de 1873, llegó como de costumbre a la casa. Cuando se despidió y salí a acompañarlo a la puerta, puso en mi mano una carta. Ya sola en mi recámara la leí. Se despedía de mí para siempre y le rogaba a mi madre que lo perdonara. No pensé que hubiera tomado la resolución de arrancarse la vida; atribuí aquello a una de sus acostumbradas violencias. Pensé que había decidido ya no volver a mi casa. Al día siguiente, como a las 2 y media de la tarde, Ignacio M. Altamirano entró corriendo y con voz descompuesta me dijo: “-¡Qué has hecho, Rosario, qué has hecho! ¡Se acaba de matar Manuel Acuña!”.