El viernes hubo una reunión de las “Familias por nuestros desaparecidos” de Coahuila (siete colectivos en total), con la presencia del fiscal General del Estado, Gerardo Márquez. La reunión fue encabezada por un colombiano experto en derechos humanos y en víctimas de la violencia del que fue el país más violento de América. Hombre informado y contundente gracias a su experiencia. Ayudó a que las familias lograran conocer elementos de la lucha por la paz. Un problema fue que casi no permitió la participación de las mujeres que, de tanto en tanto, querían interrumpirlo. Hizo muchísimas referencias positivas al fiscal y al gobernador Riquelme. El fiscal cerró la reunión con declaraciones serias y compromisos para resolver problemas.

Ayer sábado tuvo lugar otra asamblea, ésta ampliada a colectivos de todo el norte de México –Chihuahua, Tamaulipas, Durango, Zacatecas, Nuevo León y otros– y organizada por Blanca Martínez del “Centro Diocesano de Derechos Humanos Juan Larios”. La presencia de Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos a nivel federal, fue de la mayor importancia.

Desaparecieron en Coahuila mil 779 personas, en Chihuahua 2 mil 169, en Nuevo León 2 mil 929, en Jalisco 3 mil 388, en el Estado de México 3 mil 918 y en Tamaulipas 6 mil 131. Vea usted a lo que nos llevó la guerra de Calderón. Y esos son los números de los que tienen nombre y fecha de desaparición, porque nada más cadáveres en manos de las autoridades federales hay 26 mil en todo México. Estamos frente a un problema de enorme gravedad histórica.

Ecuánime, Encinas hubo de aguantar horas de participación de las madres, hermanas o parientes de desaparecidos. La mayor parte, creo, fueron respetuosas: les interesaba que se enterara de lo que han hecho en busca de sus ausentes. Han realizado las acciones que el Estado mexicano estaría obligado a llevar a cabo, pero que no ha hecho. Al menos tres mujeres le hicieron ver que ya habían oído promesas a gobernadores como los Moreira, “El Bronco”, los de Tamaulipas y demás, y que ya no querían creer. “¡Hechos, queremos hechos!”, dijeron.

Uno de los momentos más fuertes fue la denuncia de “un pacto de impunidad” que se percibe en el País. Ellas tienen la esperanza de que López Obrador hará lo que debe, pero no están dispuestas a firmarle un cheque el blanco. Lulú Herrera del Llano inició su intervención mostrando la foto de su hijo, su esposo y sus dos cuñados que desaparecieron el mismo día. Afirmó que México es un cementerio y remató con el grito: ¡ni un desaparecido más!

Se habló de campos de exterminio con datos de lugares, fechas y gobernantes. En Nuevo León hubo 8 mil 477 homicidios entre 2008 y 2018, pero sólo en el ejido Las Abejas se han localizado 250 mil fragmentos de huesos humanos y en el ejido El Fraile 149 mil 709. ¿Y los gobernadores no se dieron cuenta? ¡Qué casualidad!, ¡qué cinismo!

Del estado que casi no hay datos es de Durango. Ahí no ha habido desaparecidos: los gobernadores decidieron que esa palabra no está en su diccionario. Sin embargo, las fosas clandestinas de Durango se multiplican día con día.

Algo que el fray Juan Larios hizo fue una especie “contra-vocabulario”, que equivale a echar abajo la terminología oficial. Durante años se usaba la palabra “levantados” y ellas propusieron “desaparecidos”. Han tomado sobre sí algo que es absolutamente histórico: poner a los desaparecidos en el nivel de sujetos (en vez de objetos), a los delincuentes también como sujetos de una historia trágica (en esta categoría están los narcos, los gobernantes, los militares, la policía del estado de Coahuila, los banqueros que lavan fortunas).

Hay una convicción extrema sobre el miserable país en que nos convirtieron quienes tuvieron el poder los últimos años.

Encinas parece muy claro y decidido a solucionar un sinnúmero de problemas planteados. Una compañera de Torreón, Silvia Ortiz, le rogó que no ponga términos temporales: exigió hechos.

Yo, que soy historiador, afirmo que algo histórico sucedió los días de ayer y antier en Saltillo. Ochenta personas, el 95 por ciento mujeres, se aferraron a pocas cosas: la verdad, la búsqueda, el estudio de los restos, el castigo de los culpables, la justicia. Toda una lección de vida frente a la muerte. Y lo que realmente me emocionó fue que ellas no desean solucionar únicamente su problema personal sino que piensan en todas las familias mexicanas.