Gracias por leerme. Gracias por atender estas letras. Mi posición incomoda no pocas veces. Lo sé. Mi posición y letras muerden no pocas veces. Lo sé. Y jamás pienso traicionarme. Jamás pienso escribir lo políticamente correcto. No quiero quedar bien con nadie. ¿Usted coincide conmigo? Gracias, lo agradezco. ¿Usted piensa exactamente todo lo contrario? Yo respeto su opinión y posición. Nunca, jamás quiero convencer a nadie con mis ideas. No es juego de vencidas, sino compartir. Compartir ideas, lecturas y reflexiones. A eso me dedico. Y lo vuelvo a dejar por escrito: gracias por leerme.

Hartos, hartos comentarios me llegaron con motivo de la toma de posición y plantar mi estandarte de batalla con motivo de la pandemia del virus chino, posición crítica que dejé en letra redonda en el texto titulado “Virus e ignorancia”, editado en este generoso espacio de VANGUARDIA en días pasados. ¿Hay algo peor que una enfermedad? Sí, la ignorancia. Ignorancia en todos los sentidos y todo quehacer humano. ¿Estoy tomando muy a la ligera el llamado coronavirus y su alerta mundial? No, sólo lo estoy poniendo en su lugar, en su justo lugar en mi muy particular reflexión del caso. ¿Estoy en lo correcto? Tome usted las letras que le interesen de ello. ¿Estoy totalmente equivocado? Deseche mis textos como bagazo.

Sigue el miedo, el pánico reflejado en cada rostro que veo, los pocos que veo en cualquier actividad social hoy ya perdidas (estamos en fase 2, lo que eso signifique). Confinados a morir en soledad, los viejos (a quienes les está pegando inclementemente la infección y mortalidad de la gripe feroz) son eso llamado “cultura del descarte” por el papa Francisco en sus encíclicas las cuales, por cierto, he leído todas y las he disfrutado mucho. Al tipo sí le gira la cabeza, pero no más que a su antecesor, el Papa que renunció a hablar con Dios: Joseph Ratzinger. La gente está muriendo sola y en soledad (cuando el maestro Jesucristo vino a lo contrario, a ser social, a unir). Se acatan órdenes de aislamiento draconianas: no salir a la calle, no saludar, no hablar, no estornudar, no besar, no expresar afecto ni cariño, no ir a fiestas, no celebrar la Semana Santa…

Hay dos periodistas, dos maestros con los cuales he cruzado decenas de mensajes SMS cortos, desde que inició toda esta parafernalia del virus chino: el aguerrido y avispado Sergio Alvizo y, claro, el abogado Luis Carlos Plata, el columnista más ácido, despiadado y lengua larga del cual se tenga memoria alguna en este Norte norteño. Los dos con enfoques de textos y palabras diferentes. Con el avispado Sergio Alvizo dialogamos con el acento teológico debido a sus amplios conocimientos de la Biblia. Con el abogado Luis Carlos Plata el punto es amplio y de gran calado el intercambio de reflexiones de cualquier tema. Su opinión siempre es más atildada a la mía. En la Biblia son legión los ejemplos de enfermedades perniciosas, contagiosas, plagas y pestes, las cuales forman parte del andamiaje de la vida e historia. Pestes literales, pero también plagas que se hacen presentar, pero con cuota simbólica.

ESQUINA-BAJAN

¿Fiesta o enfermedad? ¿Peste o jolgorio? Siempre se escoge, señor lector. Siempre. Somos libres y por eso hay que escoger. La vida es para disfrutarse, no para padecerse. Por eso hay que escoger el baile, la fiesta, el festín, el lujo, la belleza y ornamentos de los templos católicos, los ropajes recamados en hilos de plata y oro, las luces, las esferas, el buen comer, el buen beber, el buen vivir; los perfumes sensuales, las ropajes eróticos… ¿Quedarse en soledad por orden gubernamental? Ya ni misas hay, y no son para levantar la voz los acólitos de Raúl Vera y Pedro Pantoja ni la monja Jackie Campbell. Es por un motivo: no hay reflectores y no les importa.

El dilema de peste o fiesta está en la Biblia varias ocasiones. Lea lo siguiente: “…se presentaron Moisés y Aarón al faraón y le dijeron: “Así dice el Señor, Dios de Israel: deja marchar a mi pueblo para que celebre en el desierto una fiesta en mi honor… el faraón dijo: “¿Quién es el Señor para que yo le obedezca y deje salir a Israel?”… Ellos replicaron: “Permítenos hacer una peregrinación de tres días por el desierto… de lo contrario, nos castigará con enfermedades o guerra” (Éxodo 5. 1-3). Yo he elegido la fiesta, la vida, el trabajo estos días. Mi vida normal del día a día. ¿Tengo miedo a contraer virus tan letal? En lo más mínimo. Es cosa de ricos que han viajado a Europa o a Asia, no es cosa de jodidos como en mi caso. ¿Miedo?

Todos tenemos miedo, eso es definitivo. Es algo de nuestra misma naturaleza. Es un reflejo espontáneo, el cual incluso es necesario porque nos hace estar alerta y nos da protección, defensa ante el inminente peligro (real e imaginario). El miedo camina con nosotros siempre, es nuestra sombra. Para ciertos humanos, el sólo cruzar una calle, salir de su casa y trasladarse a la oficina es de un pesar, esfuerzo tan grande y penoso (miedo a hacerlo), el cual no pocas veces los lleva a la muerte. Fue el caso del escritor y filósofo Karl Krause, el cual padecía agorafobia. Una mente preclara y brillante, derrotado y muerto por un ciclista, arrollado en una calle oscura donde se manifestó eso llamado miedo. Todos tenemos miedo. El miedo forma parte del entramado y columna vertebral de periodos muy largos de la humanidad, es la tesis del brillante académico y escritor Jean Delumeau en su libro inconmensurable, “Miedo en Occidente”. Ya no hay peste negra, pero hay coronavirus. Esto se ha hecho creer a toda la humanidad (no niego que hay, vea usted la mortandad de viejos en Italia y España). Ha sido más un virus económico que de salud. Sin duda alguna. Profundizaremos en esto.

LETRAS MINÚSCULAS

Para bien de nosotros, esperemos que esto cese lo más rápido posible. Así sea.

Jesús R. CedilloTodos tenemos miedo... forma parte del entramado y colum