Necesidad. Con un adulto de compañía, en su mayoría con lazo sanguíneo, estos niños trabajan por el pan diario. Fotos: OMAR SAUCEDO
Por las calles de Saltillo hay un grupo que celebrará el Día del Niño con unos cuantas monedas en la bolsa y un modesto premio, en forma de pan o un lápiz

Niños y niñas de entre 6 y 12 años, salen a las calles cada tarde con una caja de mazapanes, tamarindos o dulces de amaranto en los alrededores de la Alameda, y las principales calles de la Zona Centro en Saltillo. Les llaman “niños mazapán”.

Cuando ve una patrulla, Joel se esconde en callejones estrechos o toma asiento en las plazas públicas junto a otros niños persiguiendo palomas y reventando burbujas, ve caer las pelotas de baloncesto en las canchas sin que puedan quedarse a jugar. 

A lo lejos, un hombre toma su mano y le da una palmada en la espalda, su pago por vender los 24 mazapanes es una sonrisa, pan dulce para la cena o lápices nuevos, un sueldo que no siempre goza por las más de cuatro horas que pasa vendiendo caramelos y chocolates.

En las dulcerías, las ofertas representan una fortuna para ellos, cuenta Víctor de 16 años, otro “niño mazapán” que ahora trabaja para completar cuadernos nuevos y tenis de concha en el mercadito. Pero recuerda sus primeros recorridos en la calle, ofreciendo dulces para ayudarle a su mamá con los pañales de su hermana menor.

“No es que vendiera dulces, se trata de dar lástima, así veíamos que la gente nos compraba más, nos “pichaban” algo o nos daba el dinero sin darles el dulce, ya de grande no es tan fácil, por eso sacas más de niño”, aseguró el jovencito, con una bolsa de paletas en las manos, todavía menor de edad.

Fueron los propios comerciantes y dueños de dulcerías, quienes aseguraron que más de una docena de adultos compran bolsas de dulces para revender en las calles, siendo la gran mayoría padres y madres que también lo hacen a través de sus hijos.

“Sabemos quienes son porque compran los mismos dulces para vender en las calles, ahora los niños no entran por la pandemia pero antes hasta venían los niños a comprarlos”, comentó Yolanda Rivas, cajera de una dulcería.

UNA MINORÍA QUE ESA MUCHO

Víctor o Joel, son parte del 6 por ciento de la población infantil que trabaja en Coahuila, de acuerdo al último reporte del IMPLAN en Laguna y parte de los 122 niños, niñas y adolescentes por cada mil que trabajan en el país.

Entre los transeúntes, coches y aceras, estos niños y niñas forman parte del paisaje urbano, aunque resultan invisibles. 

Basta acercarse a la mano de su cuidador para que, quien se alertó de ver a un menor de edad vendiendo dulces, lo asuma como una travesura o “un pequeño jugando a ser grande”.

“Ahí está la mamá”, dice la mayoría.

TIENEN SUS SUPERVISORES

Hasta el momento sólo 10 niños han sido identificados trabajando en las calles a partir del patrullaje y reporte anónimo de la Unidad de Integración Familiar (UNIF) de Saltillo, quienes sostuvieron como primer argumento que laboran para “ayudar a sus padres con los gastos del hogar”.

Mientras que el 80 por ciento de los reportes de personas vulnerables que se encuentran trabajando en cruceros o calles trabajando, son niños, niñas y adolescentes, mientras que el resto del porcentaje refiere adultos mayores.

Los menores encontrados vendiendo dulces e incluso lavando el parabrisas de un coche, se encontraban acompañados por un adulto, en la mayoría de las ocasiones su padre, madre o algún tío.

Quienes fueron acompañados hasta sus hogares para que las autoridades puedan identificar su situación económica y la forma en que viven, siendo además canalizados al DIF municipal para acreditar ser beneficiarios en algún programa social.

“Son los mismos niños, les hacemos la invitación de llevarlos a su casa junto a sus padres para saber dónde viven, tenemos una visita posterior, damos reporte al DIF municipal de ser necesario”, comentó la titular de la Unidad, Patricia Moreno.

“Se dan las recomendaciones a los padres, se verifica que el niño no presente maltrato, estudie, sea alimentado correctamente y en muchas ocasiones te das cuenta de que aunque cuenta con todo esto, el niño acompaña a sus padres a trabajar”, explicó Moreno.

También hemos identificado, señaló, que salen a trabajar por una temporada para luego regresar a sus casas, los rondines son recurrentes, pero ellos salen de la vía pública por temporadas, por ejemplo ya no hay niños indígenas en los cruceros.

PRECARIEDAD LOS OBLIGA

Asimismo admitió que en la mayoría de los casos los padres se ven orillados a llevar consigo a sus hijos durante su jornada laboral en el comercio informal, pues de otra manera, incurren en una omisión de cuidado al dejarlos solos en casa.

Doña Agustina, abuela de “Pato”, aseguró que el pequeño de 12 años no se encontraba trabajando sino acompañándola en su recorrido casa por casa en la misma zona, aunque fue el niño quien ofreció a cuadras de su abuela, la bolsa de nopales picados.

Muchos de los padres, agregó la Directora de UNIF, argumentan que los niños no trabajan pero sabemos que estando ahí, por lo inquietos que son, también aprenden y pasan ese rato ayudándoles a los padres.

Otra forma en que la infancia trabajando, también es maquillada, admitió la titular de la UNIF.

LOS DATOS

> De acuerdo a los Censos de Población y Vivienda 2010 y 2020 el trabajo infantil persiste y es más prevalente entre los varones que entre las niñas, independientemente del origen étnico o la condición de discapacidad.

> Ocurre con mayor frecuencia entre hablantes de lengua indígena, seguidos de la niñez afrodescendiente, y en menor grado entre los no hablantes de lengua indígena y los menores de 15 años con discapacidad.