El País
Con su innegociable estilo, el conjunto de Del Bosque supera a una confusa y pálida Argentina
 
Juega bien España, muy bien. Mal Argentina, bastante mal, por mucho que aún dé algún apretón.

El mundo ha cambiado, la selección española tiene brújula ; la bicampeona mundial vive desnortada, pese a su gen competitivo. Son los tiempos de Maradona, una bomba, un mito con pies y un cortocircuito en la cabeza. Lógico, no concibe otro éxtasis que el hedonismo de aquel Dios, no se ve en otro espejo, en lo mundano. Son los días de Del Bosque, que tuvo buen empeine y hoy mejor cerebro.

A siete meses del Mundial, España hace camino, a Argentina le faltan los atajos por los que nunca irá Maradona. Las divinidades tienen otros rumbos, inescrutables, de otro planeta. Quizá algún día los descubra Messi, o ese clon postizo del deslumbrante jugador azulgrana que ahora no es más que una borrosa secuela en esta Argentina sin horizonte. Xavi es Xavi, como Iniesta, Villa y otros, que encuentran en la selección un paraíso, un edén común en el que disfrutan, al que se alistan chicos de mucho vuelo, como Negredo, Mata o Navas. Un filón, una veta inmejorable. Eso es el fútbol, un gozo.

Al menos hasta llegar a la competición. Quizá entonces las cosas hayan cambiado, pero las pistas hasta Suráfrica invitan a soñar a España. Las huellas albicelestes, más bien deprimen. No tiene nada celestial y su apuesta sólo engancha por el rango. A Argentina siempre se le espera. Nunca estuvo de más en el fútbol, que tanto le debe. Pero nada es vitalicio; ni siquiera para Maradona, convertido en el escudo de todo un país, por mucho que su equipo apretara los dientes en un tramo del segundo periodo.

Mientras se busca Argentina, España tiene una partitura innegociable. No hay disidentes. La pelota cosida, pausa, engaño. El balón es la linterna, para atacar y defender. Para esta Argentina es sólo un artefacto. ¡Quién lo diría! Cuesta creer que alguien, Maradona, Bilardo, Grondona, quién sea, logre que Messi e Higuaín leviten en el campo. En realidad, son víctimas de Gago y Mascherano, del seleccionador y todo su esperpento. Para su desgracia, ésta es la Argentina de Maradona, del pretérito, nada que ver con el futuro de Messi, predestinado a una sucesión bíblica de su entrenador, una incomodidad para éste, cuya entronización no admite debate alguno. Al menos, para él.

Nada que objetar a Del Bosque, que ha acentuado el ideario español.

La pelota es el medio para el fin. Lesionado Fernando Torres, el técnico envidó sin trabas mediáticas por un equipo con tan sólo Villa en el vértice ofensivo. De escoltas, cinco centrocampistas solventes para imantar el balón, para trenzar el juego, con un picassiano Xabi Alonso. Fútbol a un toque. O lo que es lo mismo, el adversario siempre a rebufo. Salvo intervención arbitral, como en el penalti suscrito a Albiol sobre Maxi. Un interruptor en el juego, un paréntesis para camuflar las penurias visitantes. En nada contradijo el tanto de Messi a la pálida Argentina, que poco fue antes y después de la igualada.

Antes del designio judicial, España mantuvo el tono. Pasó un primer tiempo sin agobios, gobernante. Al ritmo de Xavi e Iniesta y con el compás de Alonso, aclamados en Madrid, la selección se barnizó como de costumbre en los últimos años. El fútbol sedado que le caracteriza fue un calvario para los argentinos, que hoy transitan con el sostén de Heinze, poca cosa. De forma irremediable para los visitantes, de tanta arquitectura se aprovechó Xabi Alonso, al que la presencia de Sergi Busquets le liberó para llegar al gol tras un rechace de Sergio Romero después de un remate de Silva. Cuando encadena centrocampistas, la selección española multiplica sus recursos, que son muchos y casi todos proceden de la misma línea.

Sometida, a Argentina no le quedó más opción que recurrir al coraje con que aún se forra. El arreón inicial del segundo periodo le permitió flirtear con Casillas hasta el empate de Messi. Sin juego, pero con hueso. Una circunstancia que la aspirante España deberá tener en cuenta. No serán pocos los equipos que capitulen ante su seducción; pero cuando el fútbol se vuelva más industrial, también deberá encontrar una respuesta. Lo intentó Del Bosque con Negredo, para sujetar más a los centrales suramericanos, y con Cesc, más invasor del área rival que Silva y Xavi. Y luego con el esperado Jesús Navas y Mata, dos velocistas, dos extremos percutores que alteraron el guión: menos lírica y mayor vértigo.

Para entonces el partido lo demandaba. Complacida Argentina con el empate inesperado, España no se contuvo. Es otro de sus signos.

Hoy se siente campeona, protagonista, obligada a subrayar su crédito día a día. Se lo ha ganado y sabe, más allá del resultado, en qué consiste su nueva jerarquía. Siempre al frente, nada de gestionar el juego se mida a quién se mida. De ahí que, contemplativa Argentina, España no renunciara jamás al dominio, al balón, la vía por la que ha conquistado el podio y hoy es una selección patricia. Del empeño llegó el penalti de Demichelis, y el segundo tanto de Xabi Alonso, el que no puso la distancia que ahora misma separa a un equipo y otro.

A Sudáfrica se llega por muchas sendas, pero España está en la correcta. Sabia, la hinchada lo sabe. No importa el escenario autonómico: de cualquier plaza salen a hombros Iniesta, Xavi o Casillas. Jamás hubo comunión igual. Con Argentina, con la actual, sólo comulga Maradona. No es suficiente.