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Birmania.- Las empresas están en problemas, los precios están subiendo y los residentes están enfrentando una crisis espiritual. Un reporte sobre la escena de la post protesta en Rangoon.
La dama con los labios rojo brillante estaba apresurada. Con una boca llena de piezas de metal, lo cual había destrozado sus dientes y encías años atrás, y claramente limitó sus habilidades para el idioma inglés, su nombre se escuchaba algo así como "Min-Min".

Ella rápidamente me guió a través del laberinto gigante que es el tradicional mercado Bogyoke de Rangoon, sin amabilidad, pero su mente seguramente estaba pensando en obtener algo más que el dinero del bolsillo que yo le había dado por encontrarme una expendedora de café para arrancar la mañana.

Min-Min vende tarjetas postales a los turistas que caminan por el mercado, pero ella indudablemente estaba obteniendo comisiones sobre la joyería, pinturas y otras baratijas que compré de los vendedores con los que me llevó. Y ella lo hizo con la calidez y la cordialidad por la cual son famosos los birmanos.

El régimen más riguroso sobre las protestas públicas dirigidas por los reverenciados monjes budistas del país había sacudido a los birmanos hasta el alma, por no mencionar las empresas arruinadas para millones de personas que tratan de subsistir viviendo en esta bellísima pero trágica tierra.

En decadencia

Yo podía sentir una especie de tristeza en las calles de Rangoon en los días posteriores al régimen riguroso. "No hay nada de que sonreír", me dijo un observador y escritor birmano sobre un tazón de fideos en el cuarto del fondo de una tienda local. Uno podría hablar acerca de Birmania durante las últimas tres décadas, aunque de alguna manera su gente se las arregla para sobrevivir. Ahora, sin embargo, aún la sobrevivencia está en duda. Los precios de la gasolina, el arroz y otros productos están en su más alto precio en años.

La gente está en tan terribles aprietos, incluyendo la pequeñísima clase media y los negocios de la comunidad, que han sido forzados a cortar dramáticamente sus donaciones diarias de alimento y dinero a los monasterios budistas locales -una pieza clave de la tradición budista, en la cual los creyentes tratan de "hacer méritos" a través de las buenas intenciones y actos que ellos esperan los llevaran en los años futuros a otra vida.

La junta militar que ha gobernado al país con un puño de hierro durante las dos décadas pasadas ha manejado dirigir la economía de Birmania en el terreno, pero ésta planea rellenar sus cuentas en los bancos extranjeros con millones ganados de la producción de gasolina y petróleo que comercia con compañías del exterior. Esa injusticia -y la merma en los alimentos y las donaciones- significó demasiado para las decenas de monasterios, los cuales rápidamente se organizaron y pusieron a los monjes en las calles de las principales ciudades para decir basta.

Mientras que las llamadas a la democracia, las elecciones y los derechos hicieron gran cebo para los reportajes de los medios de comunicación internacionales, la reciente sublevación en Birmania fue acerca de la economía. "La condición socioeconómica está afectando tanto al público como a los monjes", me susurró un activista en un café en un hotel, donde esperábamos no llamar la atención de los agentes de inteligencia militar.

Destino desconocido

El budismo es parte central de la sociedad birmana, pero mucha gente está haciéndose cada vez más incapaz de ofrecer limosna a los monjes porque están demasiado pobres o, más recientemente, porque sus monasterios locales están rodeados de soldados. Mucha gente tiene miedo de que habrá una "desconexión espiritual" entre una población que ya está enfurecida por las balaceras, golpes y arrestos de miles de hombres santos desarmados.

El destino de los monjes sigue siendo desconocido. Es muy probable que miles han sido arrestados, y a miles más de niños monjes se les ordenó regresar a sus pueblos de origen. Otros monjes continúan detenidos dentro de sus monasterios. "(El régimen riguroso) ha sido un error muy, muy grande", dijo un trabajador ayudante de un alto funcionario en la ciudad norteña de Mandalay, en el té de la mañana. "La gente nunca olvidará esto, y ellos nunca perdonan".

La junta trató de controlar el daño ofreciendo nuevas donaciones de alimento y dinero a los monasterios, y cuando éstos fueron rechazados, el gobierno hizo publicar fotografías en los periódicos para hacer creer que los monjes estuvieron aceptando los donativos. Al contrario, dijo el trabajador, los monjes están preparando otra ronda de protestas, "quizá hasta con armas esta vez".

Hasta hace poco era impensable que los monjes birmanos recurrieran a la violencia, pero el país los ha encaminado al precipicio: una completa y posiblemente irreversible rotura entre la junta de gobierno por un lado y el clero budista, la sociedad civil, y la comunidad empresarial, los agricultores y los grupos rebeldes armados en el otro. "Es realmente una causa común ahora", dijo un iniciado con la Liga Nacional para la Democracia (NLD), el líder del partido de oposición detenido Aung San Suu Kyi.

Aún más atemorizante es la pregunta de si es que la junta tan siquiera se da cuenta de la realidad en el terreno. Desde que las fuerzas armadas acapararon por primera vez el poder en 1962, los militares han gobernado con la actitud de que solamente éste puede dirigir la nación y cualquiera que se queje del gobierno es un traidor.

Todavía falta por ver si es que el clero budista y otras fuerzas de oposición como la NLD pueden capitalizar el actual desarreglo entre Birmania y la condena internacional sin precedentes del exterior.

Los 300 mil monjes del país, a pesar de tener números y organización a su favor, no están en un movimiento político. Los activistas estudiantes que dirigieron la mayor sublevación en 1998 son una fuerza gastada, y Suu Kyi y la NLD a pesar de su estatus heroico, puede ser tan obstinado como los generales. "Aprecio lo que están haciendo los monjes, pero lo que se necesita es un movimiento político coordinado", dijo un ex estudiante líder que pasó cinco años en prisión. "Tan solo llamar a más personas a las calles no es una estrategia".

Urge ayuda internacional

Preocupados los actores internacionales como Estados Unidos, la Unión Europea y las Naciones Unidas también necesitan aportar una estrategia. Los birmanos que he conocido aquí están suplicando por presión continua para forzar a la junta a negociar seriamente con la oposición, probablemente con Suu Kyi como su representante, en liberar a los prisioneros políticos, reconciliación nacional, compartimiento del poder y finalmente nuevas elecciones.

Buen significado, pero medidas ingenuas, como la reprensión de la primera dama de los Estados Unidos, Laura Bush, que llama a la junta a "hacerse a un lado" inmediatamente, no permiten avanzar en la meta. ¿Por qué en la

Tierra los generales van hacia abajo cuando ellos controlan a las fuerzas armadas y la economía, y tienen relaciones amistosas con India y China? Inevitablemente, la milicia será parte de cualquier futuro en Birmania, pero siempre hay una esperanza de que su papel finalmente pueda retroceder, como ha sido el caso en Indonesia durante la década pasada.

Nota: Newsweek se reserva el nombre del corresponsal, autor de esta nota, por razones de protección. Los nombres de sus entrevistados tampoco son revelados por razones similares.