Francisco Reséndiz / El Universal
Villahermosa, Tabasco.- La zona centro de esta ciudad se ha convertido en un pueblo fantasma. Desde el aire, a borde de un helicóptero Bell de la Fuerza Aérea Mexicana, las calles se ven desiertas, las casas con ventanas abiertas vacías, el corazón tabasqueño comienza a teñirse de la blanca cal.
Han pasado 18 días desde que el Grijalva y el Carrizal inundaron Villahermosa. Los damnificados hacen filas interminables para todo: el transporte, la alimentación, los censos, las despensas, el agua, los médicos, las vacunas. La desesperación no se dobla, la esperanza tampoco.

Es el parque Domingo Colín, en la colonia Gaviotas Norte: a simple vista destaca la presencia de la Policía Militar. La gente está inmóvil, en una de las zonas populares más afectadas por la creciente, formada desde las cinco de la mañana. A las tres de la tarde no la atienden.

Un hombre rompe la fila, encara, insulta, se jalonea y en un instante lo ponen quieto. Al poco rato una mujer bajita, de lentes -se dice "coordinadora de colonos" y muestra una credencial de un partido-, se engancha a gritos con una empleada de Sedesol.

-Estamos desde la seis, ustedes nos tienen que dar respuesta.

-No rompa fila, espere su turno, ya los atendemos, si no regresa no vamos a poder hacer nada.

Un funcionario de alto nivel de Sedesol llega al lugar, oculta su nombre a los diaristas. Le grita a la gente, amaga con no entregar el apoyo, exige a la población que no lo siga, revisa listas y rechaza las que la gente le lleva. Va a una escuela y se refugia. Luego sale e insulta a la gente.

Y la gente está cansada, indignada y con hambre. Hace mucho calor, la fetidez del aire -que mezcla los olores de animales muertos, de aguas estancadas, de excremento humano- hacen que el ambiente sea insoportable. Basta una mirada para que el otro encare y se líen.

En ese momento, casi las cuatro de la tarde, llegan dos tráileres con agua y víveres. Los soldados descargan, la gente se calma y se organiza, sin coordinadores ni líderes ni políticos. Entregan la mercancía. Vuelven a la fila para ser censados por Sedesol en espera del vale de 10 mil pesos.

Aquí el Ejército empezó a limpiar apenas el sábado. El plantel del Colegio de Bachilleres tiene una barda derrumbada por el agua, está inundado de porquería. Un teniente que oculta el rostro tras un cubre boca camina, muestra la altura que alcanzó el agua. "Urge cal", dice.

Todo, pudriéndose

El recorrido por esta zona repite imágenes. Montones de colchones, salas, mesas, ropa, cajas, libros, todo muerto por el agua, pudriéndose. A unos minutos está el teatro Esperanza Iris y la Biblioteca José María Pino Suárez, todo rodeado de toneladas de basura que no se acaban.

El coronel Ernesto Zepeda, responsable de la Policía Militar, resume sus órdenes: brindamos seguridad, no descansamos, hay patrullajes diurnos y nocturnos, en total 390 de personal desplegado en células de un oficial por cada 20 de personal de tropa; es la presencia para disuadir el pillaje".