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A la suerte

Opinión
/ 26 junio 2022
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Un señor le comentó a otro: ‘Tengo un único hijo. Se llama Sol’. ‘Nombre insólito a fe mía’ –dijo el otro, que usaba un lenguaje arcaizante–.

Hago del conocimiento de mis cuatro lectores que al final de esta columna viene un cuento de subidísimo color que las personas de moral estricta deben evitar a toda costa. Cumplida mi obligación de hacer esa advertencia paso a narrar otros relatos menos sicalípticos a fin de poner una nota de humor en la calígine que nos rodea... Un señor le comentó a otro: “Tengo un único hijo. Se llama Sol”. “Nombre insólito a fe mía” –dijo el otro, que usaba un lenguaje arcaizante–. “¿A qué atribuirlo?”. Explicó el primero: “Una noche yo tenía ganas de sexo, y mi esposa no. Decidimos dejarlo a la suerte. Tiramos una moneda al aire. Ella pidió águila y yo sol. Salió Sol”... Babalucas salió a pasear en canoa con la linda Dulciflor. Ella le pidió que remara hasta el centro del lago, lejos de miradas indiscretas. Ahí se aligeró la ropa y se tendió, voluptuosa y lúbrica, en el piso de la embarcación. Babalucas fue hacia la hermosa joven poseído por ignívomo deseo. Ella lo detuvo. Le preguntó: “¿No vas a ponerte alguna protección?”. “Ah sí, claro” –respondió el badulaque–. Y se puso el salvavidas. (Mentecato. De nada servía en la ocasión ese estorboso artilugio)... Don Rufervo, maestro de gramática, llegó a su casa más temprano que de costumbre, pues ese día se suspendieron las clases a media mañana por ser el cumpleaños de la esposa del director. Aunque las lecturas y los estudios habían dotado al provecto filólogo de un temperamento ecuánime no pudo dejar de sorprenderse cuando vio a su esposa en ilícito connubio –“con doble ene”, habría de precisar después el catedrático– acompañada por un robusto mocetón que, advirtió de inmediato el profesor, no sabía nada de gramática, pues usaba expresiones incorrectas como “mamasota”, “¿de quén chon?”, y otras del mismo innoble y plebeyo jaez. Al ver a su marido la señora dio salida a una serie de palabras que denotaban su sorpresa y confusión. Balbuceó: “Yo... Tú... Él... Nosotros...”. A eso replicó don Rufervo. “Deja por el momento los pronombres personales y explícame esta conjunción copulativa”... Cada domingo aquel señor acostumbraba llevar a su pequeña nieta a dar un paseo en automóvil. Uno de esos domingos se sintió indispuesto, de modo que fue la abuelita la que llevó a pasear a la niña. A su regreso el señor le preguntó a la chiquilla, en la presencia de sus papás, sus tíos y sus primos, cómo les había ido en el paseo en coche. “Muy bien, abue –respondió la inocente criatura–. ¿Y a que no sabes qué? Ahora que manejó mi abuelita no nos encontramos ningún pendejo”... Viene ahora el cuento de color subido que anuncié al principio. Personas de moral estricta, absténganse... La hija de doña Líbera llegó a la mayoría de edad, y para celebrar el acontecimiento invitó a sus amigas a una piyamada en su casa. En la fiesta estuvo presente doña Líbera, cuyo carácter festivo y amistoso la hacía grata a las jóvenes. Debo decir, a fuer de narrador veraz, que tanto las anfitrionas como las invitadas compartieron varias copas de in vinillo travieso y decidor. Eso, y el agradable ambiente, llevó a las chicas –todas se habían educado en colegio de monjas– a hacerle a doña Líbera una pregunta atrevidilla. “Queremos que nos diga –le pidieron– cómo es el atributo masculino”. “Miren, chicas –respondió ella–. De los 20 a los 40 años es como un roble: enhiesto, firme y poderoso. De los 40 a los 60 es como un abedul; flexible y no tan fuerte, pero todavía confiable. Y de los 60 en adelante es como un pino de Navidad después de pasadas las fiestas”. “¿Cómo?” –preguntaron, curiosas, las muchachas–. Contestó doña Líobera: “Apagado, marchito, y las esferas le sirven únicamente de adorno”... FIN.

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