Cosas de casas y otros casos

Opinión
/ 21 septiembre 2021
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Buenos ingenieros hubo en Saltillo en el antepasado siglo, como don Teodoro Abbott, don Eduardo Laroche, y aquel señor Octavio López a quien Valle Arizpe puso de oro y azul -y de otros colores menos elegantes- en el prólogo que escribió para el libro en que se recogieron los discursos de García de Letona. Fue don Artemio alumno del ingeniero López en el Ateneo, en la clase de Matemáticas, y como estuvo a punto de salir reprobado en tan ardua asignatura se vengó luego de su maestro escribiendo horrorosas barbaridades sobre él.

No debe haber sido tan malo don Octavio, pues tuvo hijas muy buenas y muy dulces: Mariquita y Lucita López, tan devotas de San Juan Nepomuceno. Al ir esas hermosas ancianitas todos los días a misa por la mañana, y al rezo del rosario por las tardes, daban a nuestra calle de General Cepeda un manso aspecto conventual.

El arquitecto Henri Guindon gozó de mucha fama. Por encargo de don José García Rodríguez hizo un proyecto para dotar de edificio al Ateneo Fuente, plantel que ocupó durante muchos años el convento de San Francisco. No se llevó a cabo la obra proyectada por el señor Guindon, y hasta 1933 permaneció el Ateneo en el claustro de los franciscanos. En septiembre de ese año que digo se inauguró el nuevo edificio del colegio. Lo construyó don Nazario Ortiz Garza, si bien con alguna ayuda. La gente le preguntaba al Chato Cortina, contratista de las obras del Ateneo, quién había hecho el edificio.

-Lo hicimos -respondía él muy circunspecto- entre don Nazario, mi mamá y yo.

-¿Su señora madre también practica el difícil arte de la ingeniería? –le preguntaba alguno.

-No -respondía el Chato-. Pero tantas veces me la mentó don Nazario que algo le toca del mérito de la obra.

El citado arquitecto Henri Guindon es el autor de la casa de don Guillermo Purcell, y a él se atribuye la introducción en Saltillo de un nuevo tipo de vivienda que se apartaba de la vieja usanza española y morisca de construir las casas disponiendo las habitaciones en torno de un patio. Guindon, en cambio, hizo un buen número de “chalets”, casas con sus habitaciones agrupadas, y en torno de ellas un jardín que dejaba ver la finca desde la calle, rompiendo así la tradicional clausura de las antiguas casas saltilleras, que tenían recios portones de madera ferrada y ventanas cerradas por postigos o celosías y protegidas por barrotes de hierro con emplomados.

Queda memoria de esos constructores de nuestra ciudad, los ingenieros y arquitectos de sonorosos nombres. Nadie recuerda, en cambio, a los modestos artesanos que con sus manos hicieron casas y edificios: los albañiles, los carpinteros, los plomeros –llamados más bellamente fontaneros, pues más hermosa es una fontana que un pedazo de plomo-, los yeseros, los electricistas... Nadie se acuerda nunca de esos que son los verdaderos constructores. Por eso en mi casa –la de ustedes- hice poner un azulejo con los nombres de quienes la hicieron. Ellos no lo podían creer; me dijeron que nunca en su vida habían recibido tal reconocimiento. También puse en ese azulejo estas palabras latinas: “Laus Deo”. Eso quiere decir “Alabado sea Dios”.

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