Hablemos de Dios 124

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Opinión
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Pues sí, hablar de Dios es meternos en honduras metafísicas. No de la manera que hoy se utiliza dicho término (algo mágico, sobrenatural), sino como su etimología lo marca: más allá de la física, de lo físico. Como bien lo advirtió Aristóteles. Según la autoridad de don Dámaso Alonso, es “Ciencia que trata de los principios primeros y universales, y de las cosas del orden espiritual...” ¿Lo notó? Es ciencia, no magia.

Las tres o cuatro columnas anteriores hablando y escudriñando a Dios donde hemos tomando como ancla el libro donde dialogan el intelectual Umberto Eco y el Cardenal de Milán, Carlo Maria Martini. “¿En qué creen los que no creen en Dios?”, causó buena resonancia en usted que hace favor de leerme semanalmente. Un lector atento y harto participativo que tengo, el melómano e hidalgo saltillense, don Javier Salinas, me hace llegar un comentario: “Actualmente el sentido de la vida ya no pasa por Dios maestro Cedillo, hoy es el celular, el alcohol, las drogas, etcétera”. Luego remata con una pregunta y jamás con respuesta plena y rotunda: “¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios?”

Pues sí, lo anterior es la cuestión don Javier. Siempre hemos tenido la tentación de ser dioses o ser como dioses o imitar a Dios. Somos o queremos ser dioses. Ser Dios. Jugar a ser Dios. Por algo de aquella cita bíblica: “Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses...” (Génesis 3:5). El salmista, Asaf, lo dice claramente: “Vosotros sois dioses” (Salmos 82:6). La misma bendición (o imprecación, vaya) usted la encuentra en Jueces y en el Evangelio de Juan. Cuestión si usted lo cree, estimado lector. Lo cual y en mi caso, no está nada reñido con la evolución científica.

Entonces ¿no “como”, sino dioses? Así lo dice la Biblia y vaya, le creo. Si los poetas y filósofos crearon a Dios y lo moldearon hasta el día de hoy, ¿por qué no continuar esa saga y de plano, a nuestro paso terreno hacer milagros? No es cuestión de fe, sino de ética y moral. No es cuestión de un milagro que descienda del cielo, sino la ayuda que usted pueda tributarle, sea grande o pequeña, al prójimo, al próximo en desgracia.

Y vaya que la humanidad necesita milagros y bendiciones y no cadenas, como bien lo ha dicho don Javier Salinas en otro de sus certeros mensajes. Lo repito: los dioses fueron creados, imaginados por poetas. Nosotros los creamos para liberarnos de nuestros miedos y cobardías (diurnas y nocturnas. Temor de lo desconocido, miedo a las fieras salvajes, a la oscuridad y espesura del bosque, miedo a la inmensidad y aparente vacuidad del desierto... y claro, un largo etcétera). Hemos creado dioses para nuestra protección divina aquí en la tierra. Si nosotros los inventamos en nuestra mente no pocas veces afiebrada, ¿Podemos jugar a ser el mismo Dios?

Recordemos al poeta Jaime Sabines. Leamos dos poemas, dos textos bajo dicho palio. Por un lado, jugar a ser Dios. En el otro, acercarnos a la cotidianeidad de Dios. Un Dios cotidiano, personal, cercano, un Dios justo, amigo de nosotros y de la vida rutinaria y casi bucólica. Vaya pues, como un amigo de taberna, cigarro y buena borrachera. Va el primer texto del poeta, ambos son del libro “Poemas sueltos”. “Mi cama es de madera/ y cruje bajo el peso del amor jadeante,/ pero mi cama es un barco inmóvil/ que me lleva a donde quiero ir./ Carga mi soledad mejor que yo mismo/ y conoce mis sueños/ y se compadece de mí./ Mi cama es casi una nube,/ es una alfombra para las pisadas de mi corazón”.

ESQUINA-BAJAN

Y vienen los versos poderosos: “A media, o a oscuras, en mi cama encuentro a mi mujer, mis hijos, mis libros,/ mis recuerdos y mis cigarros./ Y encuentro a Dios, a veces,/ en la luz de una tarde como ésta,/ que besa con la yema de los dedos los párpados cerrados”. Caray, éste si es un buen Dios el cual nos socorre de nuestra soledad y asfixia cotidianas.

El siguiente poema es gemelo de éste, pero en este segundo, se juega a ser como Dios: “... y seréis como dioses”. Leamos: “Ahora puedo hacer llover,/ enderezar las ramas torcidas,/ levantar a los muertos./ Hágase la luz, digo,/ y toda la ciudad se ilumina./ ¡Qué fácil es ser Dios!” Página 257 de “Recuento de Poemas 1950-1993”.

En un libro perturbador y polémico, una aplanadora de pensamiento, “De animales a dioses. Breve historia de la humanidad”, de Yuval Noah Harari, escribe el autor: hace 100 mil años, al menos seis especies de humanos habitaban la tierra. Hoy sólo queda una, la nuestra: Homo sapiens. Socarrón se pregunta y nos pregunta: “¿Por qué nuestros ancestros recolectores se unieron para crear ciudades y reinos? ¿Cómo llegamos a creer en dioses, en naciones o en los derechos humanos; a confiar en el dinero, en los libros o en las leyes? ¿Cómo acabamos sometidos a la burocracia, a los horarios y al consumismo?...”

En otro lado afirma: “La mayoría de la gente será innecesaria en el siglo XXI.” Y esto ya es el ahora y aquí. Tan es así, que ya no nos identificamos como mujeres ni como hombres; vaya, ni como homosexuales ni lesbianas. Lo de hoy es algo tan amorfo y raro como ser “binario”, ser “it!” Ni todos ni todas ni “todes”; lo de hoy es ser “binario”. La verdad, no entiendo ya.

LETRAS MINÚSCULAS

Y Dios no tiene nada qué ver en este galimatías de inseguridades o de definición de los actuales humanos. No hombres ni mujeres... unicornios.

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Nació en Saltillo, Coahuila, el 1 de marzo de 1965. Periodista y poeta. Escribe la columna Contraesquina

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